SI hay algo que define lo español -si es que queda algo- es la complicidad con el débil. En Tristana , la lúgubre película de Buñuel, se refleja perfectamente ese carácter. Don Lope/Fernando Rey pasea por las calles de Toledo junto a la inquietante Tristana/Catherine Deneuve y se topa de bruces con un ratero a la carrera. Al instante llegan dos guardias que le preguntan si ha visto al fugitivo. Don Lope se hace el sueco. Cuando Tristana le pregunta a su marido por qué ha mentido a los guardias, éste le reponde: un caballero español siempre ayuda al débil. Esta actitud quijotesca ante la vida hace del español un tipo cómico. El gurú de la posliteratura Harold Bloom ha sugerido en Genios , su nueva obra, que Cervantes es superior a Shakespeare por una razón muy simple: las tragedias del británico son más propias de los hombres mientras que la comedia, o sea el planeta quijotesco, es asunto de dioses. Todo esto viene a cuento del fenómeno Idaira, ya saben, la concursante canaria de OT . No es fea ni guapa, ni alta ni baja, no canta ni bien ni mal. Pero la tirria que le tienen los profesores, el jurado y sus propios compañeros ha movilizado a la audiencia, que la salva programa tras programa a golpe de SMS. Y es que eso de estar al borde del precipicio conmueve al personal. Cada día nos despertamos nominados por nuestra pareja, el jefe y el banco de turno, y nos acostamos dieciséis horas después salvados en el último momento por no se sabe quién.