POR FIN Corea del Norte se ha comprometido a abandonar los programas de armamento nuclear en los cuales se había embarcado desde octubre del 2002, cuando Pyongyang anunció al mundo que abandonaba el Tratado de No Proliferación para convertirse en potencia nuclear. De nada valieron las amenazas de Estados Unidos, ni las presiones de China, ni el reconocimiento de que su pueblo estaba en una situación lamentable de hambre y miseria, y que necesitaba de la ayuda exterior. El líder de Corea del Norte, Kim Jong Il, el dictador más cerrado de todo el mundo, estaba dispuesto a continuar la escalada nuclear en una región estratégica de máximo riesgo para la paz mundial. Allí confluyen intereses confrontados de China, Japón, Rusia, Corea del Sur y Estados Unidos. Estos cinco países, conscientes de que un régimen aislado podía provocar un conflicto de graves proporciones, se afanaron en formar un grupo de negociación con Corea del Norte que en sucesivas rondas han conseguido alcanzar el compromiso que ahora se anuncia como un éxito para la paz mundial. De esta forma se desactiva un conflicto latente que implicaba a tres potencias nucleares (Rusia, China y EE.UU.). Esta es la paradoja, los países que tienen armamento nuclear se empeñan que los demás no lo tengan. La Península de Corea, dividida desde 1953, constituye un mal recuerdo de lo que fue la guerra fría. El Norte, apoyado por Rusia y China, fue separado del Sur que defendieron Estados Unidos y sus aliados. El resultado está a la vista. Pero ahora, si Corea del Norte se presta a ser ayudada, puede convertirse en unos años en un nuevo país que entre en el desarrollo económico primero y político después, al modo de China o Vietnam. También el caso español podría considerarse similar en la dinámica de su evolución histórica, aunque con enormes diferencias.