El otoño del presidente

| JOSÉ M. DE AREILZA CARVAJAL |

OPINIÓN

EL PRESIDENTE Bush tiene por delante un otoño complicado, en el que debe remediar su baja popularidad y lograr algunos aciertos para salir al paso de las críticas por la mala gestión del Katrina . Es cierto que éste ha sido uno de los peores desastres naturales de la historia de EE.?UU. No ha sido el huracán más fuerte, pero ha durado muchos días y ha provocado riadas inmensas. Al final, ha matado a miles de personas y ha destrozado una de las ciudades más emblemáticas y pobres del país. Nueva Orleans estaba situada desde su fundación en una zona peligrosa, por su proximidad al agua. Había crecido bajo el nivel del mar y las obras para la navegación del río Misisipi y el desarrollo urbanístico eliminaron las defensas naturales frente a posibles inundaciones. Esta situación precaria era conocida y la catástrofe ha puesto de manifiesto la falta de preparación de los distintos niveles de gobierno para una gran emergencia. Quince días después, algunas buenas noticias empiezan a llegar desde Estados Unidos, pero no se asocian con la Casa Blanca. Gracias a los trabajos en curso, dentro de un mes Nueva Orleans dejará de estar inundada. La amenaza de una crisis energética mundial se ha evitado por las medidas adoptadas por el Gobierno y sus aliados internacionales. La reconstrucción de la ciudad de la vida fácil está en marcha, a partir de su núcleo histórico apenas afectado. Sin embargo, el daño está hecho. En primer lugar, los muertos, aún por contar, aunque pueden ser menos de los que se preveían. Desde un punto de vista político, el Katrina ha empeorado la imagen de EE.?UU. en el mundo, tocada desde la mala gestión diplomática de la guerra y la posguerra de Irak. En el plano interno, el desastre aumenta la pérdida de confianza de los ciudadanos norteamericanos en sus gobernantes, que tuvo su punto de inflexión con el escándalo Watergate. Para la corriente de pensamiento libertario tan fuerte en EE.?UU. el problema siempre es el intervencionismo del Estado, pero en emergencias como ésta se pone de relieve que se necesita un poder público con capacidad de actuar eficazmente. George W. Bush ha reconocido que ha habido serios problemas en la respuesta al Katrina (no sólo del Gobierno federal) y ha asumido su parte de responsabilidad. Tras su segundo mandato, el presidente no puede presentarse en el 2008 a la reelección. Este sincero reconocimiento de culpa puede ser el principio de una estrategia para proteger a su candidato republicano en el 2008. Para algunos conocedores de la política en Wa-shington D. C. el tapado no es otro que Condoleeza Rice (¿la tapada?), considerada por el presidente su hija espiritual, una digna contendiente por la presidencia con la posible candidata demócrata, Hillary Clinton. La secretaria de Estado estaba escuchando un musical en Broadway uno de los peores días de la catástrofe. Enseguida hizo un alto en su actividad y viajó a su estado natal, Alabama, afectado por el huracán y donde la minoría negra ha sufrido de manera especial, igual que en todo el golfo de México. El presidente Bush no tendrá un minuto de descanso estos meses en los que se enfrenta a su nueva hora de la verdad, una vez dejado atrás el 11-S. Nadie cree que pueda seguir adelante con sus planes de bajada de impuestos y de reforma del sistema de seguridad social dada la situación de las finanzas públicas, empeorada por los esfuerzos de reconstrucción tras el huracán. Asuntos urgentes como la renovación del Tribunal Supremo, la gestión de la inmigración, la delicada situación en Irak o el aumento del precio de la gasolina deben ocupar su inmediata atención. Sus correligionarios republicanos en el poder legislativo están inquietos ante las elecciones que afrontarán en el 2006 y le reclaman acierto en todos estos temas. En momentos como éste, Bush tiende a ser mejor de lo que sus desbocados críticos dicen que es, pero en todo caso le espera un otoño nada envidiable.