PESE a que Gerhard Schröder no es exactamente igual que Zapatero (aunque ambos naden en las mismas aguas), ni se pueda acusar a Rajoy de parecido con Angela Merkel (se sitúa mucho más a la derecha que ella), los resultados de las elecciones alemanas se pueden comparar con el no francés a la Constitución europea, y constituyen un paso adelante en la lucha de los pueblos contra el liberalismo. No cabe duda de que el paisaje político es muy distinto aquí y en Alemania, país que sigue profundamente marcado por la reunificación. Al cabo de quince años, los Länder del Este no han sido bien integrados en el Estado alemán, mientras que en el nuestro parece que los diferentes nacionalismos van encontrando acomodo en el marco de un Estado español y, ¿por qué no?, un día, ibérico. Otros factores señalan la diferencia: desempleo masivo, miseria endémica y preponderancia del partido comunista caracterizan la situación de lo que fue la Alemania prosoviética. Esto influyó sin duda en los resultados del domingo pasado. Los alemanes, como los franceses, quisieron señalar su desacuerdo con el descarrío neoliberal de los dos partidos más importantes: SPD socialdemócrata (PSOE aquí) y CDU-CSU cristiano y derechista (PP en España). La campaña atravesó dos fases diferentes. Primera, el descenso vertiginoso del SPD de Schröder, provocado por el electorado tradicional de izquierdas para castigarlo por los recortes del sistema de protección social, contra el Estado providencia, por la reducción de 32 a 12 meses del período de desempleo compensado y otros actos perjudiciales a las clases ya muy desfavorecidas. Este electorado lo abandonó definitivamente, pasando a engrosar los rangos de la alianza formada por los ex comunistas de Alemania del Este (Izquierda Unida en nuestro país: Oskar Lafontaine-Gaspar Llamazares). A la par que los socialdemócratas se hundían, la derecha despegaba hacia una victoria cantada. No se preveía el castigo que le iban a infligir los electores. Seguros de su triunfo, los neoliberales interpretaron mal las razones que parecían favorecerlos, y Angela Merkel (Rajoy) se fue aun más hacia el bushismo y la economía del mercado. En su demencia derechista (Aznar), la señora Merkel apretó el acelerador ultraliberal llamado Paul Kirchhof, quien prometió un impuesto del 25% a todo el mundo, ricos y pobres, y la supresión de las ventajas fiscales de los trabajadores nocturnos y de fin de semana. Así las cosas, muchos electores liberales prefirieron al menos derechista de los dos (también hay matices en la reacción) y reforzaron al liberal FDP, al tiempo que una parte del centro manifestó su desacuerdo volviendo al SPD. La moraleja es evidente: los dos grandes partidos alemanes han sido castigados por sus deslizamientos neoliberales, lo que le ha permitido a Schröder recuperar por la derecha lo que perdía por la izquierda. La aritmética electoral cuadra, pero no la sociológica. Y la lección alemana es que las denominaciones ya no corresponden a la disciplina política de los partidos. Uno se adjetiva socialista y otro popular, cuando ambos se pliegan a las doctrinas del mercado, a la libre empresa, a la ley de los accionistas, a las privatizaciones y a la destrucción del Estado de bienestar.