NO PUEDE sorprender, dado el enorme peso político y económico de Alemania, el interés que ha suscitado la consulta electoral celebrada el pasado domingo en aquel país, cuyo resultado tendrá sin duda una notable influencia, tanto en la dinámica interna de la UE como en su relación trasatlántica. Pues bien, a despecho de las empresas demoscópicas, y a pesar del desgaste político del canciller Schröder y de la crisis económica que atraviesa el país, los alemanes han decidido defender su Estado del bienestar, han rechazado que el peso de las reformas recaiga exclusivamente sobre los sectores más débiles de la sociedad y se han negado a sustituir progresivamente su avanzado sistema social por el modelo de relaciones sociales estadounidense que, basado en el darwinismo social, desprecia las soluciones colectivas y deplora el papel del Estado en las relaciones sociales. Tal es la magnitud de la batalla que se libra estos días en Alemania y que a todos nos afecta directamente. Porque, en efecto, Alemania es un país determinante a la hora de definir el modelo social europeo, la arquitectura institucional de la Unión, su posible ampliación o el ritmo de marcha hacia una auténtica unión política. Desconcertados y consternados por el resultado electoral, numerosos analistas y portavoces de la derecha han convertido a Angela Merkel en el chivo expiatorio de la catástrofe. Atribuyen la derrota a su mala campaña, a su inexperiencia o a su supuesta falta de carisma. Sin embargo, nada de esto es cierto. Al contrario, la candidata conservadora ha realizado una excelente campaña electoral, expuso con envidiable nitidez sus ideas, y cuando no se explicaba suficientemente lo hacía por ella Paul Kirchhof, su especialista fiscal y auténtica estrella de la confrontación electoral. Han sido tan claros y convincentes que los ciudadanos comprendieron lo que se les venía encima y desertaron masivamente de las urnas democristianas. Pero las causas de ese espectacular movimiento electoral no hay que buscarlas en la personalidad de la candidata, sino en las ideas que defendía. ¿Acaso los críticos de Angela Merkel le reprochan ahora que no haya ocultado su verdadero programa político? Esos mismos portavoces nos alertan sobre las negativas consecuencias que el confuso resultado alemán tendrá para el proyecto europeo. Pero, en las actuales circunstancias, es difícil imaginar una situación peor para Europa que la que hubiese derivado de un rotundo triunfo de la derecha germana. En efecto, al día siguiente una alianza Blair-Merkel habría sustituido al actual eje franco-alemán, el modelo social europeo habría sufrido un golpe letal y la UE se vería abocada al estatus de poder vicario de Washington que tanto añoran el premier británico y la derrotada candidata alemana. El terremoto alemán, como antes los referendos de Francia y Holanda, demuestra fehacientemente que Europa está atascada, pero evidencia también que el proceso de construcción europea no puede continuar a espaldas de los ciudadanos ni contra los intereses de la mayoría.