SI USTED le pregunta a un vigués cuál es su ciudad favorita, no le contestará que Madrid, ni Santiago, Pontevedra o A Coruña. Más del 80% de los vigueses escoge Barcelona, la anticapitalina. A distinta escala, son ciudades que encarnan la modernidad, el espíritu del anticentralismo. El dato procede de un amplio estudio sociológico elaborado por la mayor empresa instalada en Vigo (y en Galicia), PSA Peugeot Citroën, y publicado en el Informe Ardora . Vigo nunca ha querido ser capital de nada. Ni siquiera cuando en los años 80 creó la mancomunidad de municipios de su comarca quiso ostentar la presidencia permanente del nuevo organismo público. Aún hoy, la promesa de la nueva Xunta para trasladar de Santiago a Vigo la sede de la Consellería de Pesca no ha generado el más mínimo entusiasmo ciudadano. Es algo tan obvio como establecer aquí la Agencia Europea de Control de la Pesca o cualquier otro organismo público. Es la mayor ciudad del oeste español. Pero en Vigo, lo capitalino suena a rancio, a burocracia, indolencia económica, anquilosamiento. La antítesis del alma sociológica de la ciudad. La primera ciudad de Galicia lo es por sí misma y, precisamente, porque nunca se ha dejado vencer por la cultura funcionarial que ha adormecido a otras localidades. Y así le va bien. Es la ciudad gallega que más crece, en la que más niños nacen, la que más dinero mueve, la más joven, la que más inmigrantes atrae, la que más impuestos y riqueza aporta al conjunto de Galicia,... Hace ya más de treinta años consecutivos que Vigo se comporta como una economía emergente y no como una ciudad consolidada. Todo esto no casa con los aires capitalinos. Es cierto que tener una Diputación, Ejército, Obispado, delegaciones ministeriales, judiciales, registros mercantiles o sedes de empresas públicas, ayudaría. Se trata de dinero, influencia, gasto público, empleo fijo, poder político. Pero Vigo sabe por experiencia que lo que funciona no es el chalaneo, si no la eficacia. Cuando la ciudad quiso institucionalizar la movida musical, cultural y textil de los 80, la movida se murió en los despachos. Porque no ha de confundirse la mentalidad con la potestad. Si Vigo quisiera tendría más derecho que nadie a reclamar capitalidades. Por eso escuece que se le discutan desde la sede del Parque Nacional de Illas Atlánticas, al paso del AVE o la instalación de El Corte Inglés. Al contrario, Vigo es la gran oportunidad gallega. Si la Xunta y el Gobierno central hubiesen invertido en Vigo uno de cada diez euros gastados en los últimos quince años, Galicia habría crecido al 4% o 5% anual, el doble de lo que lo ha hecho. Uno de cada diez euros es la inversión pública proporcionada al peso poblacional o a la contribución fiscal de Vigo, ni siquiera equiparable a los medidores de equidad y eficiencia del dinero público. La ciudad del puente de Rande es esa rara pieza que los gallegos exhibimos cada vez que queremos demostrar modernidad y pujanza: una apuesta segura para generar riqueza, empleo, desarrollo e innovación. Una apuesta perdida por Galicia o, mejor dicho, perennemente aplazada. Porque Santiago y Madrid siempre han preferido repartir el dinero en orden al ruido capitalino.