LOS PAÍSES del norte de Europa han sido durante décadas la pesadilla del pensamiento conservador. Como reconocía editorialmente The Economist , una de las biblias neoliberales, «los países nórdicos han sido los más eficientes y equitativos, siguiendo políticas opuestas a las patrocinadas por los círculos liberales». No debe extrañar, pues, que las recientes elecciones celebradas en Noruega hayan conseguido hacerse un hueco informativo pese a la inflación de noticias que genera la política mundial. La importancia del pronunciamiento popular noruego está fuera de toda duda. No sólo, y no tanto, porque las elecciones han devuelto a la izquierda al poder, sino, y sobre todo, porque su resultado impugna el dogma neoliberal según el cual la equidad sería incompatible con la eficiencia y la democracia estaría forzosamente limitada, debido a la imposibilidad de aplicar políticas alternativas. Es cierto que en el mundo de hoy ningún país dispone de un margen de maniobra ilimitado. Pero una cosa es aceptar este hecho indiscutible y otra muy distinta afirmar, como con frecuencia hacen nuestros gobernantes, que, en el contexto de la integración monetaria europea como parte del proceso de globalización mundial, no existe posibilidad alguna de desarrollar un proyecto político diferente al que se nos pretende imponer desde los círculos económicos dominantes. Si se impusiera ese nuevo determinismo económico, estaríamos levantando el acta de defunción de la democracia, cuya esencia consiste, precisamente, en la capacidad de elegir entre opciones diferentes, en el marco de unas reglas del juego previamente pactadas. Por lo que respecta al supuesto conflicto entre equidad y eficiencia, también habrán escuchado ustedes que el modelo social europeo, del que Noruega es uno de los máximos exponentes, está afectado de una grave esclerosis. Ésta se debería, según los portavoces conservadores que dominan el pensamiento económico, a la rigidez en la regulación del mercado laboral y a la extensa protección social de nuestros Estados de bienestar, lo cual provoca un alto gasto público, responsable de la pérdida de competitividad que dificulta la adecuada integración económica internacional de nuestros países. La experiencia noruega y, en cierta medida, la del resto de los países nórdicos refuta abiertamente tales tópicos neoliberales. En las últimas décadas, estas naciones han crecido a un fuerte ritmo, han conocido altas tasa de inversión, han incorporado masivamente a la mujer al mercado de trabajo y han extendido los sistemas de protección social. Todo ello con una baja inflación y sin déficit público apreciable. También son algunos de los países más integrados internacionalmente. Su comercio exterior representa aproximadamente el 34% de su PIB, porcentaje superior al de la media europea y al de países como EE. UU., Reino Unido o Canadá. Comparen ustedes la realidad descrita con las imágenes que estos días llegan desde Nueva Orleans, reflexionen y decidan. Porque el mensaje noruego llega alto y claro.