LOS ENCUENTROS entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy tienen algo de cómico y surrealista. Confieso que me traen a la memoria el matrimonio de La cantante calva de Eugène Ionesco, esa genial obra dramática en la que no aparece ninguna cantante calva. Hay una escena en la que, mientras ella habla del mercado y de la carestía de la vida, él dice que no entiende por qué los periódicos ponen la edad de los que mueren y no la de los que nacen. Algo parecido ocurre en estas entrevistas entre los máximos líderes de nuestros dos principales partidos: que se incomunican admirablemente. Así, mientras Zapatero manifiesta que se lo ha explicado todo a Rajoy, éste dice que todavía no sabe para qué ha sido convocado a la Moncloa. La verdad es que, más allá de la escenificación que se traen entre manos, yo creo que las cosas están bastante claras. El presidente Zapatero quiere mantener un diálogo fluído con el líder de la oposición, pero no para alcanzar acuerdos, sino para alimentar la percepción general de que, en línea con su talante, hace un esfuerzo continuado (que lo hace) de comunicación y de búsqueda del consenso, a pesar de las pocas facilidades que le brinda Rajoy. De hecho, el presidente del Gobierno ya se había puesto el parche antes de la reunión al advertir que no se debían generar demasiadas expectativas. Rajoy, por su parte, también había aireado su pesimismo acerca de los resultados que esperaba de la cita, a la que manifestó acudir sólo por educación y civismo. Pero, ya que iba, se sintió en la obligación de reclamar un nuevo pacto de Estado en política territorial (para encauzar la reforma de los Estatutos de Autonomía) y el retorno de los socialistas a los principios del Pacto Antiterrorista (con la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas). Sabía que no iba a obtener ningún fruto, porque en estas entrevistas (como en La cantante calva ) simplemente se constata que la incomunicación es un hecho, y no se analiza a qué se debe. Y aquí radica el gran fallo. Porque la incomunicación siempre es un drama que tiende a ahondar las diferencias y multiplicar las distancias. A veces, irremediablemente. Deberían tomar nota de ello.