LA SEMANA que viene nos vamos a entretener. Vamos a asistir a una especie de edición resumida del curso político. El lunes, Zapatero recibirá a Rajoy, que llegará a La Moncloa con una oferta de cuatro pactos, pomposamente llamados «de Estado». Dos días después, el mismo ZP conversará con Juan José Ibarretxe, que dará una medida aproximada de cómo están las relaciones entre Euskadi y Madrid. Y a continuación, cumbre de presidentes, que se supone emocionante porque tendrá que decidir sobre el déficit de la Sanidad. En buena lógica, al promover estos encuentros, el presidente no hace nada extraordinario. Se limita a cumplir sus obligaciones de dialogar con la oposición, tender puentes con un territorio que se considera en conflicto con el Estado y repasar asuntos comunes con los representantes de las autonomías. Para eso le pagamos. No le pagamos para encerrarse en La Moncloa, ver el diluvio -perdón, la sequía- detrás del cristal y vivir en un romántico aislamiento. El anuncio de esas acciones sólo debería merecer una línea de texto en los periódicos. Pero eso ocurriría en un país normal y España, políticamente, no lo es. En España sigue siendo un acontecimiento excepcional que el jefe del gobierno se digne recibir a alguien que no sea de su cuerda. Pero detengámonos en los contenidos presumibles. Con Rajoy se trata de buscar un imposible: encontrar acuerdos incompatibles con los demás pactos que Zapatero mantiene. Y no nos engañemos: Zapatero sería un genio si consiguiera pactar con el PP y seguir gobernando con Carod-Rovira y el resto de la izquierda. Respecto al encuentro con Ibarretxe, quizá tardemos años en saber qué han hablado, por transparentes que aparezcan en sus comunicaciones a la prensa. Lo que ambos políticos se traen entre manos pertenece al capítulo de los grandes secretos, tanto en lo que se refiere a la negociación con ETA como a los apoyos mutuos para gobernar en Madrid y Vitoria. Lo importante es que ambos gobernantes se hablen. Desde que lo hacen, el problema vasco sigue existiendo, pero parece menor. Y, en cuanto a la cumbre de presidentes, sería magnífica, si no estuviera marcada por un pecado original: los asistentes no representan a sus comunidades, sino a sus partidos. Actuarán como delegados de esos partidos, con lo que eso supone: ni una concesión al adversario. No se buscarán soluciones objetivas a los problemas, sino imágenes que dén sensación de victoria. Todo tiene un cierto aire de representación teatral. Pero aun así, lo que pase la próxima semana marcará los próximos meses de la política española. De cómo salgan estas reuniones dependerá que la palabra de la temporada sea diálogo o, como casi siempre, confrontación.