El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
LA FALTA de formación e instinto político que muestran muchos dirigentes, y las crecientes exigencias de visibilidad que impone la democracia mediática, están creando una grave confusión entre los conceptos de reaccionar y gobernar. Ambas ideas se tocan, y pueden ser complementarias. Pero es un enorme error el creer que un país puede ser gobernado a base de reacciones, o no percibir que una serie de reacciones encadenadas, dotadas de lógica particular, pueden llevar la situación a una grave crisis de orientación y gestión. Cuando se produjo el incendio de Guadalajara, con su secuela de muerte y destrucción, el Gobierno reaccionó prohibiendo las barbacoas e insinuando la criminalización del asado de chuletas. Pero esa reacción no puede considerarse un acto genuino de gobierno. Cuando se plantea la cuestión de los incendios forestales en su conjunto, Cristina Narbona suele reaccionar con imputaciones nada solventes y con proyectos tan llamativos como la prohibición de urbanizar la superficie quemada. Pero nunca da la sensación de tener diagnosticado el problema, de poseer una alternativa al actual y bien fracasado sistema de lucha contra el fuego, y de ordenación realista del monte y del medio rural. Y cuando Galicia se vio sorprendida por algo que ya no debería sorprender entre nosotros, se perciben también reacciones compuestas por un cóctel estéril de fiscalía, aumento de aviones y supresión de cohetes festivos, en un proceso de reacción que en modo alguno garantiza un buen gobierno. Los ejemplos podrían multiplicarse en la política española. La salida de las tropas de Irak, y el aumento de tropas en Afganistán, son, ante todo, reacciones. El nombramiento de Peces Barba para un cargo incomprensible fue una reacción frente a las lágrimas de Pilar Manjón. El acuerdo de negociación sobre la política vasca, aprobado por el Congreso, fue otra reacción a la que ahora no se le sabe dar entidad. El apoyo a un modelo imposible de reforma estatutaria fue una reacción poco meditada frente al inmovilismo aznarista. Y casi todas las modificaciones introducidas recientemente en el Código Penal, incluida la ley de partidos y la lucha contra la violencia doméstica y de género, se resumen en puras reacciones que, lejos de resolver los problemas, los esconden en una hojarasca que los hace ingobernables. Lejos de mí la pretensión de arreglar con cuatro brochazos todas las cuestiones reseñadas en este artículo. Sólo abrigo la esperanza de que los ciudadanos aprendamos a distinguir entre lo que es pura reacción y lo que es buen gobierno, para recordarle después a nuestros políticos que les pagamos para que gobiernen, y no para que reaccionen.