CIERTAMENTE HAY una línea recta entre el decimonónico y cinematográfico revólver del Oeste americano y el móvil actual. Basta ver la velocidad con que desenfundan algunos ciudadanos y la impertinencia con que nos obsequian con sus conversaciones a voz en grito para creer que estamos en el Saloon Global, a punto de liarnos en un tiroteo inclemente. Un tiroteo verbal, claro. Pero muy molesto. Han quedado atrás aquellos años en que los viajeros no nos atrevíamos a usar el móvil en el AVE Madrid-Sevilla. Era de mal gusto. Sin embargo, los tiempos han cambiado (ya lo cantaba Bob Dylan), y no paran de cambiar. Es su manía. Y lo malo es que no siempre lo hacen para bien. Yo adoro el móvil, y ya no entiendo cómo la humanidad pudo vivir tanto tiempo sin él. Pero detesto el abuso que comete ese prójimo que se empeña en que conozcamos sus cuitas, sus negocios o su posición (social o geográfica). Hay algo intrigante en esa llamada en la que alguien telefonea a su casa y dice: «Ya estoy cruzando Guadalajara» o «Acabo de echar gasolina en Redondela». ¿Es una amenaza? ¿Es una declaración de amor? ¿Es una estupidez? ¿Es una nadería? No lo sé. Porque yo al móvil se lo perdono todo. Pero no a sus usuarios. Firmado: Billy El Niño.