PARA SUS pueblos, Afganistán e Irak eran crueles dictaduras al servicio de dictadores fanáticos que combinaban despotismo interior con terrorismo internacional. Irak se diferenciaba de Afganistán porque producía petróleo, no mucho, el 2% del mercado, pero suficiente como para que Sadam Huseín pudiera corromper a un nutrido grupo de altos funcionarios de la ONU; hacer negocios ilegales con Francia, China y Rusia; y fabricar armamento especialmente peligroso. Sus gentes padecían la opresión olvidadas por Occidente. Carecían de futuro, ellas solas no tenían capacidad real para derrotar a los autócratas. Pero como ya ocurriera en el siglo XX con las dictaduras fascistas y los totalitarismos comunistas, fueron los excesos de sus poderosos los que les abrieron el camino de la libertad. Al recurrir al terrorismo, se ganaron la reacción de una alianza de países democráticos, que acabaron militarmente con sus satrapías. Para iraquíes y afganos estas guerras serán guerras de liberación; han pagado y siguen pagando un alto precio por su futuro en libertad. Pero triunfarán. España, que sabe bien lo que es el terrorismo y la dictadura, apoyó las guerras de Afganistán e Irak. Fue una ruptura decisiva, un salto delante que recuperaba siglos perdidos fuera de la historia. No lo hizo con toda la determinación y la claridad política necesaria, incluso se cometieron graves errores de comunicación. Pero aun así, para nuestras señas de identidad como país libre y digno, fue entrar en otra senda. Uno de sus efectos colaterales fue recuperar el carácter del ejército como fuerza de defensa de la democracia, como organización de ciudadanos útiles cuya función latente era imprescindible. Y reveló que ser militar, oficial o soldado, es un trabajo que requiere unas aptitudes y valores que implican la posibilidad de sacrificio y el heroísmo objetivo. Pero la izquierda reaccionó con hipocresía, primero apoyó la guerra de Afganistán y después utilizó un pacifismo contradictorio y oportunista en el caso de Irak. Sacó de la chistera el viejo antiamericanismo, el labrado durante los años del apogeo de la URSS cuando el mundo se explicaba por un supuesto imperialismo yanqui. Resucitó los viejos manuales obsoletos para inocular ira y falacias en una juventud intelectualmente deformada. Lo aplicó sin vergüenza ni rigor diciendo que se trataba de robar el petróleo iraquí. Pero ya en el poder, quiso desandar el camino al aparecer las primeras bajas ine-vitables. Y para vergüenza de todos ahora se les quita mérito a los caídos. Unos porque los consideran marionetas de intereses oscuros y otros porque no quieren reconocer abiertamente que su muerte fue forzada, como mínimo, por cautelas militares. No serían héroes, sino ciegas y manipuladas comparsas, o meros chapuzas accidentados. Recibirán las condolencias rituales a los pobres desgraciados, pero no respeto patriótico ni admiración verdadera. Nuestras pérdidas de dignidad aún no han tocado fondo.