LA solidaridad está aparentemente de moda. Casi no hay persona pública que no ponga el énfasis en ella. Sin embargo, la realidad es que escasea, que cada día somos menos solidarios (y no me refiero sólo a los redactores del nuevo Estatuto catalán). Nuestro gran pintor Manuel Colmeiro me pedía que comparase los tiempos de hoy con aquellos en que cavadores y segadores de distintas casas fundían sus esfuerzos sin mezquindades ni recelos. En aquel mundo rural la solidaridad era espontánea, es decir, natural. En el mundo urbano (un mundo de extraños y desconocidos), lo natural queda lejos. Y la palabra solidaridad, descafeinada, permanece sólo para embellecer discursos de políticos y de dirigentes de oenegés, sin llegar a recuperar la plenitud de antaño. No es que me haya dado un ataque de añoranza. No. Ocurre simplemente que subí a los altos de la sierra de A Corda y recordé las filas de cavadores, guadañadores, segadores, etc, que llenaron mi infancia de aturuxos y ledicias, y me acordé de Colmeiro y de su espléndido canto pictórico de todo aquello. Y lamenté que hoy cada vez más lo auténtico aparezca sustituido por lo aparente. Porque en el mundo en que vivimos las realidades han sido relevadas por las percepciones, y ya sólo éstas importan.