IBA en bici por la ribera del Danubio, en los confines de una ciudad mimada en su día por el imperio soviético, una ciudad de frontera que se llama Bratislava y es hoy la capital de Eslovaquia. A la altura del último puente, de pronto, empezaron a rugir decenas de sirenas, quizá cientos. Anunciaban, supongo, el final del turno de la mañana en las fábricas. Busqué la hora: justo mediodía. Me paré mirando hacia la ciudad. Los aullidos de las sirenas se enroscaban y alargaban. En algún lugar del recuerdo comenzó a nacerme una angustia, como un reflejo, como la reacción a un pinchazo que no conseguía identificar. Jamás había escuchado tantas sirenas juntas, tan fuertes, tan horrísonas. La sirena es un ruido consustancial a todo comunismo y a cualquier fascismo. Se trata de mover masas, no personas, con desprecio de la armonía en favor de la eficacia. Pasó un minuto y seguía el ruido. Caí: mi colegio nacional marcaba las actividades a sirenazos. Esa era la angustia. Casi al mismo tiempo noté apenas un tintineo alegre, pero tímido, muy por debajo del rugido de las fábricas: campanas que llamaban al ángelus. Al final quedaron solo las campanas, y volvió a humanizarse el paisaje. psanchez@udc.es