La casa, afecto y tensión

OPINIÓN

13 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

CASA, hogar, morada, piso, domicilio, residencia, habitáculo, vivienda... Muchas palabras para describir el lugar de la intimidad que mejor conoce todos nuestros yos. En cualquier caso, suscita siempre dualidad. Está llena de afectos y tensiones, de ying y yang. Entre sus paredes se puede llegar a hacer el balance de la existencia de una persona. La memoria es pragmáticamente selectiva y tiende a hacer omisión de la parte de la biografía que molesta; por eso el resultado de los recuerdos suele ser más amable que amargo. También es dual cuando pasa de ser refugio frente al tráfago de la calle, los coches o el trabajo, a echársenos encima y, sin saber por qué, los muebles y objetos se agolpan contra uno y los muros dejan de ser el registro mudo de nuestras imágenes y se convierten en prisión. Habitarla implica dominios y fijaciones. Dominios de sus moradores en una especie de parcelación de la convivencia cotidiana. La sala de estar tendría que ser el lugar común, pero suele ser el sancta sanctorum de las reliquias intocables. Fijaciones al echar la mirada perdida a través de la ventana lluviosa que nos refleja tal como los otros nos ven, pero no permite vernos como realmente somos. Siempre la misma ventana, tras la que el sol se reclina de trescientas sesenta y cinco maneras cada año. Para la mayoría de los ciudadanos, la vivienda es algo prestado. La amortización de la hipoteca explicita con crudeza la debilidad de la posesión, y aun los propietarios de pleno dominio son transeúntes. La casa aloja impasible a sus sucesivos inquilinos, incluso cuando llega el momento duro de romper con la propia historia al desmontar el hogar natal, deshaciéndose del bazar de anécdotas y recuerdos, imágenes y palabras. Muy al contrario del reto de llenar el vacío que se plantea al empezar la vida independiente de la persona o la pareja. Es el «momento Ikea», de los regalos de boda que, de forma incontenida, rellenan en poco tiempo las oquedades de los primeros meses de autonomía, ayudando a vencer el horror vacui. La mayoría de edad en relación con la morada se alcanza cuando se siente la tensión de la decisión, el dilema de tener que elegir los objetos que van a seguir acompañándonos. Optar por los símbolos del pasado con los que queremos seguir conviviendo o, por el contrario, desterrarlos a la otra casa oculta, el trastero, quizá para no volver a verlos. Después, la vejez trae el olvido. Entonces se empieza a perder la cuenta del patrimonio memorial y la indiferencia se extiende sobre estanterías y rincones, portarretratos, búcaros y ornamentos. Es una forma natural de desposeer la casa. La vivienda, el hogar, la morada... Cuántas reflexiones son necesarias antes de diseñarla y ponerla en el mercado.