AL MENOS una vez al año, Manolo Vicent escribe un artículo antitaurino; Forges, con cadencia obsesiva, dibuja viñetas en contra de las tunas y de los tunos; Julio Camba oficiaba ritualmente sus alabanzas británicas; Cunqueiro fue fiel a los otoños en sus colaboraciones literarias escritas en periódicos; la caza tiene en Delibes su cronista más leal, y en muchos de los artículos del profesor Moralejo, que yo leo en este diario, saltan las truchas por entre los párrafos. Cada año, como obligación puntual, escribo en defensa de perros y de gatos, en contra del exterminio veraniego, denunciando el abandono de mascotas, interpretando, leyendo en sus ojos el mensaje devastado, la inmensa soledad, la tristeza más absoluta que yo vi en la mirada de un perro abandonado en un área de servicio de una autopista. Cien mil perros y un cuarto de millón de gatos son abandonados cada año en nuestro país. Es un triste récord que debe figurar en un hipotético Guinnes de récords infames. Muchos de ellos mueren atropellados los primeros días; otros, desorientados, se integran en las camadas peregrinas que recorren montañas y bosques e inician el camino de la supervivencia asilvestrándose y atacando granjas, rebaños e incluso personas. Son canes que se adentran en el camino de vuelta después de cientos de años de adiestramiento doméstico. En Navidades, Papá Noel o los Reyes Magos dejan un cachorro junto al árbol. Es un regalo para los niños, que se comprometen a cuidarlo. Para los días largos de mayo, el cachorro, que ya ha crecido, es un engorro para toda la familia, además de un importante gasto en veterinarios y pienso. La casa es pequeña y los más jóvenes pasan de las obligaciones contraídas. Al llegar las vacaciones de verano, el cabeza de familia decide abrir la puerta del coche en una gasolinera lo suficientemente alejada de su hogar, y eso que le estaba tomando cariño y cuando llegaba por la noche era el único que lo recibía gozoso y celebraba alegre la vuelta a casa. Pero qué se le va a hacer, los perros son tan engorrosos... Del holocausto provocado, una vez más, por los humanos, puede considerarse la condena al mejor amigo del hombre. Los gatos lo llevan peor, son prolíficos y promiscuos, se reproducen en y con libertad, son los grandes olvidados. La tiña, la leucemia y el sida felino están diezmando la población de los gatos que nadie quiere. Es menester lanzar un SOS gatuno en defensa de estos animales, que también son víctimas de un abandono masivo. Sobreviven las leyendas urbanas de cocodrilos albinos navegando por las alcantarillas de las grandes ciudades, o por los ríos y regatos gallegos. Están vigentes noticias que dan cuenta de fauna exótica repoblando las fragas y los bosques de Galicia, pero yo no puedo olvidar la imagen desolada de un perro de aguas tripulante de un mercante alemán abandonado en un pequeño puerto de la costa. Cada vez que veía aparecer a una persona con barba, o a un rubio marinero como el de la copla, corría agitado a su lado. Nunca encontró a quien no lo buscaba, y aquel perro lanudo se fue dejando morir de pena. Un día dejó de comer, otro se tendió para no levantarse, y con la primera galerna del invierno partió para el paraíso de los perros muertos, que está a trasmano del cielo de los hombres. Al menos una vez al año escribo en defensa de los canes. Esta vez fue de este modo. Prometo seguir insistiendo, aun a riesgo de repetirme.