El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
LA VERDAD, es difícil redactar la ofrenda a Santiago. En varias ocasiones recibí la encomienda de presentarla en nombre del Rey, y siempre tuve la sensación de que se trataba de un compromiso delicado. Con Franco la ofrenda de España al Apóstol era un ejercicio de afirmación patriótica, entre proclamas grandilocuentes y juramentos de fidelidad en torno a las fórmulas rituales en las que coincidían Iglesia y Estado, confraternizando y apoyándose mutuamente durante décadas, y que en su tiempo el cardenal Quiroga Palacios intentaba sortear con habilidad. En la transición la ceremonia era una tribuna desde donde algún que otro militar desafiante intentaba cuadrar a la naciente e «insurrecta» democracia con arengas altisonantes. En aquel mismo espacio, y en mi condición de concejal treintañero, escuché casi a golpe de taconazo los tonos admonitorios del 23-F, mientras el alcalde Souto Paz miraba a sus compañeros de corporación con ingrata sorpresa. Cuando la democracia se estabilizó, Iglesia y Estado fueron poniéndose cada uno en su sitio y se percibía en la ofrenda un aire de cambio. En cualquier caso, el oferente, aún de rodillas, fuera presidente de la Xunta, ministro o alcalde, debía entregar el texto previamente para recibir de Palacio una especie de nihil obstat y permitir preparar su contestación al arzobispo que, desde su sitial, apuntaba, a veces con acento algo airado, aquellos aspectos de laicidad que disgustaban a la jerarquía, ya fuera divorcio o aborto. Más de una vez, en efecto, hube de recibir resignado aquel rapapolvo urbi et orbe , que luego, en la condición de delegado regio, no transmitía a la Casa Real. En tales momentos repasaba las distintas faces del Apóstol. ¿Era el soldado batallador, el Boanerges de voz tonante, el peregrino caminante o el discípulo predilecto, el que motivaba aquel encuentro? Mirando las versiones iconográficas repartidas en torno al transepto, que representan otras tantas advocaciones de Santiago el Mayor, me contestaba que de todas ellas, la más interesante es la que estaba a mis espaldas, en el parteluz del Pórtico de la Gloria, justo la que había patrocinado el nacimiento de un camino luminoso, preludio cultural, social y, por qué no, político de Europa. Europa, hoy, es maclaje de diferencias e intereses muchas veces contradictorios, y al mismo tiempo puente en las confrontaciones mundiales. Por la basílica jacobea siguen pasando en flujo ininterrumpido multitud de personas de todo origen y condición, unidas por el común denominador de la peregrinación, sin diferencia de origen, color o credo. Desde su estrado, el Señor Santiago, como a algunos les gusta decir, sugiere, ya que por tradición y no por otra razón concurren Iglesia y Estado, que allí se hable de lo que nos une, en especial de la preocupación por los problemas de este mundo global y complejo. Para abordarlos, en momentos tan difíciles como los que estamos viviendo, se necesita sobre todo inteligencia, cultura, diálogo permanente y espíritu abierto. Ese es, entre otras cosas, el significado del camino de vuelta de Santiago hacia Europa en su 25 de julio.