El argumento de Blair

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

LA PRESIDENCIA británica de la Unión Europea se las va a tener que ver no sólo con los problemas de seguridad y antiterrorismo que no estaban en el guión anterior al 7-J, sino también con los que estaban perfectamente anotados en una agenda semestral en la que, salvo comodidad, hay de todo, incluido el presumible mutis de unos y el abandono de otros. Ese es el contexto en el que Tony Blair planteará el modelo social británico, suficientemente denostado por líderes tan cuarteados como Chirac, tan desfondados como Schröder y tan en la cuerda floja entre la bufonería y el delito común como Berlusconi. Si alguien opina que la mal llamada vieja Europa se encuentra ante una crisis de liderazgo, habrá que reconocer que se trata de una opinión de peso. Lo que entendemos por modelo social tiene una prehistoria relacionada con el pensamiento socialmente compasivo de los tories británicos victorianos, por un lado, y, por otro, con la enérgica y despierta política aplicada en la Alemania de su tiempo por el canciller Bismarck. Si esa es su prehistoria, su historia coincide con la de la socialdemocracia. Esa línea de progreso protagonizada por la política y la sociología conduce al estado actual de la cuestión, descarnadamente económico pero, afortunadamente, abierto a todo tipo de contrastes y comparaciones. El modelo social europeo continental hace aguas y muestra fisuras alarmantes allí donde logró desarrollarse, es decir, en los países miembros de la antigua Unión. En los de incorporación reciente no hace aguas ni hace nada; sencillamente, no existe. De modo que no hay un problema, hay dos. Uno es el planteado por el esfuerzo de introducir en los países de reciente incorporación un modelo con dudas muy solventes en cuanto a su prolongación en el tiempo. El otro tiene que ver con las dudas en sí, con su solvencia. Ésta, la solvencia de esas dudas, se deriva no tanto del modelo en sí como de la resistencia y fatiga de los materiales que lo componen, puestos en confrontación con los diversos proteccionismos, por ejemplo, y, también por ejemplo, con una globalización cuya diversidad de facetas tiende a todo menos a la homogeneidad. Hablando mucho más en plata: los problemas del modelo social más o menos vigente en la Unión Europea tienen que ver con la oferta y la demanda de trabajo. Ese es el mercado clave del que no hay manera de hablar sin referirse a un malestar en el grado que el observador prefiera. La historia del trabajador francés irritado y contrito ante el fontanero polaco tiene todos los elementos de la desfiguración exagerada y del espantajo paranoico, pero es significativa a la hora de ponderar el hecho cierto e ingrato de que no hay por donde hablar sensatamente de solidaridad sin fijarse en la anatomía de los egoísmos. Y estos son tanto más significativos cuanto más a ras del suelo se manifiestan, pues la caridad bien entendida comienza por uno mismo. Ese uno mismo es siempre, aquí y allá, el más desfavorecido, aquel en cuya irritación y desasosiego se acumulan las razones. Blair tiene algo que decirle a ese ciudadano europeo: que el desempleo en el Reino Unido es del 4 por ciento, y que el desempleado británico con poca o nula formación encuentra trabajo con mayor facilidad en las islas que en el continente. Eso no es un matiz, es un dato de partida.