ENTRAN de prisa por el vomitorio, tropezando con los que salen, mientras los más añosos escalan los peldaños pausadamente, con la vista en el suelo. El pago del billete es un acto protocolario para la sociedad normada, pero muchos, jóvenes o no tanto, que no pueden o no quieren pagarlo se cuelan empujando al que cruza la barrera, o la saltan, a despecho de todos los mecanismos que intentan impedirlo. En estas construcciones hipogeas de hierros roblonados con fachadas de ladrillo rojo, trazadas hace cien años por Leslie Green, se da la mayor diversidad de razas y colores que quepa imaginar. Sus transeúntes se rozan con cierta pericia, sincopando el paso para no chocar. Es un templo de creencias y pensamientos dispares, trascendentes o banales, que se mezclan en el aire y se enfrentan con la publicidad estática que evoca en las estaciones, en grandes imágenes chillonas, una caricatura de la vida exterior. En las horas punta, los pasajeros se oprimen, resignados, y hacen entre sí de colchón para recuperar el equilibrio de sus kilos. Aquel día los vagones debían haberse convertido en caja de resonancia del júbilo público por la elección olímpica de la urbe. La corriente humana que circulaba por el vientre del downtown transmitiría la satisfacción por haber competido y vencido a las otras ilustres candidatas. Habrían dejado aparte por un tiempo esa indiferencia o frialdad que se les atribuye, y que no deja de ser una postura retórica para hacerse notar en una ciudad tan cosmopolita. Los que tenían asiento, al levantar la vista aún soñolienta del periódico, se habrían fijado en las caras de los que iban de pie, quizá imaginando si aquel joven serio cargado con una mochila participaba de la alegría general. Era una forma de pasar el tiempo relativo tanto para los que esperaban ansiosos la próxima parada como para aquellos para quienes el tiempo no tiene horas. Un acordeón o un violín desafinado sonaba mientras algún niño dormía. Las carcajadas disonantes de unos jóvenes daban un punto de diversión a ese túnel del tiempo inundado por una mezcla de efluvios de alcantarilla y humanidad. En ese lugar socializado, ciertos conciudadanos, compañeros de viaje, habían decidido inmolarse, inmolarlos. Era muy fácil: reventar las entrañas de las cavernas para que sus semejantes quedasen atrapados. Sus padres habían emigrado en su día en pos de la libertad, como bien dijo el alcalde Livingstone. Ellos, británicos, estaban instalados en la dualidad: disfrutaban de esa libertad pero, seguramente al margen del seno familiar, cultivaban el odio y se preparaban para poner en práctica el horror. A dónde nos ha llevado la impúdica política del trío de las Azores, que espoleó el hervidero de fundamentalismo que estaba creciendo, inadvertido, en nuestro propio subsuelo. En ese sentido, Blair acierta ahora al declarar que, al margen de la lucha antiterrorista imprescindible, es necesario hablar con la comunidad musulmana para entrar en el fondo de la cuestión: averiguar cómo y por qué un ciudadano, en este caso europeo, se metamorfosea en un fundamentalista sanguinario.