ESTE PAÍS que Alfonso Guerra todavía llama España, ya no está dividido en dos naranjas, una de las cuales nos ha de helar el corazón. La división está hoy entre los que creen con fe de carbonero en lo que dice el Gobierno en materia de lucha antiterrorista, aunque a más de uno le veamos hacer un guiño cómplice, como si diera por hecho que algo pasa bajo cuerda, y aquellos a los que cada día nos parece que trae un nuevo engaño, otro hurto informativo. No hablo de discreción, necesaria sin duda en estos temas; hablo de fraude. El inicio del trámite judicial por la Audiencia Nacional para buscar el nexo entre ETA o Batasuna y el PCTV es una evidencia más. Tan digno y profesional el juez impulsor del posible proceso como el fiscal que lo negó, ¿no es sospechoso que quien se opone tenga una dependencia total del Ejecutivo, como miembro del Ministerio Público? Del mismo Gobierno que, excepto palabrería, no parece haber hecho esfuerzo especial alguno por ilegalizar al llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas, criatura nacida como por ensalmo, un tinglado que apenas ha tenido antes de ahora otra consistencia que unas papeletas electorales y un apartado de correos. Las sospechas crecen paso a paso, tanto por esta vía como por la de las negociaciones, contactos o encuentros tabernarios, llámenle como se les antoje a las aproximaciones del PSE y los aberzales, y dirán los defensores acérrimos que todo sea bienvenido si es para mayor gloria de la operación reconciliadora. Por lo visto, aquí hay que alinearse de arriba abajo, de principio a fin, con unos o con otros, y a nada que te desvíes se cabrean los dos. Lo cual reconforta, porque dice el todavía sabio refranero español que en el medio está la virtud. No somos pocos, probablemente, a los que agradaría que el camino del diálogo sin concesiones excesivas prosperara. Pero a los que nos molesta profundamente que antes de coger el cayado para hacer camino al andar nos mientan como bellacos.