VOLVIÓ el silencio a la tierra gallega después de una sonora campaña electoral que soportamos con resignación genética. Ninguna contienda anterior alcanzó tanta atención en los medios ni tan numerosa participación, con abundante presencia de personalidades del Gobierno y de la oposición. Hasta TVE, donde Galicia tiene poco eco en los programas nacionales, dedicó numerosos espacios a los comicios gallegos como si de Cataluña o Euskadi se tratara. Al menos en atención mediática hemos avanzado. El interés en estos comicios autonómicos rebasa el ámbito de Galicia porque sus resultados se proyectan sobre España como anticipo del derrotero político nacional. Paradójicamente, los comicios gallegos tendrán gran trascendencia sobre la política española inmediata. Para el PP, revalidar la mayoría absoluta le hubiera permitido consolidar, al menos de momento, su bastión galaico, con beneficiosa traslación al partido en Madrid y a su líder gallego. No alcanzar nuevamente esta mayoría tendrá consecuencias internas imprevisibles, pues son muchos los intereses personales y políticos que aglutinan la estructura del PP gallego. El transfuguismo es una amenaza que puede presentarse todavía en más de un partido. Y en este aquelarre nuestros brujos, que los hay, gozarán incombustibles en la noche política de prebendas inconfesables. El PSOE y su asociado BNG gozan de una ocasión inmejorable para consolidarse en el Gobierno gallego. Los primeros, con su partido matriz asentado en Madrid y todo lujo de medios a su alcance, difícilmente conocerán oportunidad tan propicia. Sin embargo deben consensuar un modelo adaptado a nuestras características sociales, económicas y políticas porque tendrán una oposición parlamentaria fuerte. Los modelos catalán y vasco no son de fácil traslación a la sociedad gallega. Los segundos, o sea el BNG, modulando sus reivindicaciones nacionales, sin decaer en sus legítimas demandas, que son las que muchos gallegos hemos venido reclamando siempre. Pero todo ello con sentidiño , que es más fino y sutil que el seny catalán. Escribo desde mi casa en Baíña, sobre el valle apacible y callado sólo roto por la sirena de Cabo Silleiro rompiendo la niebla veraniega. Esta placidez habitual la quebraron los altavoces móviles de los partidos en ráfagas estridentes y pasadas constantes desde O Burgo a Fontes, con mensajes tan sonoros como poco atractivos: «Cambio en movimiento», «Máis para Galicia», «Respecto para Galiza», fueron eslóganes reiterados hasta la saciedad que rebotando sobre O Castro inundaron el valle. Cambiar para que todo siga lo mismo, aunque nada sea igual, como sucede con frecuencia, no es movimiento sino parálisis. Pretender «máis para Galicia» no deja de ser una aspiración loable pero siempre subordinada, no lo olvidemos, a nuestro propio peso político, aquí y en Madrid. Por último, el «respecto para Galiza» no se alcanzará por añadidura. Es el pueblo gallego el que debe hacerse respetar. Antes de iniciarse el periodo electoral pedía en La Voz la máxima concreción en los distintos programas. Sin embargo la campaña se desarrolló entre promesas banales, intrascendentes, desde las manidas pensiones hasta los peajes recurrentes, pasando por piruetas dialécticas de la igualdad de sexos a la violencia de género. Todas, sin duda, cuestiones importantes que, por generalmente aceptadas, no condicionan diferencias. Pero nadie contempló Galicia desde el compromiso. Pocos hablaron de las infraestructuras pendientes, bien del Plan Galicia, fruto apresurado de una catástrofe lamentable, u otras alternativas que lo mejoren. Sobre el AVE, quien podía comprometerse no lo hizo. Los puertos, bien por limitaciones propias o falta de apoyo político, siguen en la esperanza. La urgente e imprescindible formación y educación cuenta con Universidades incipientes. La investigación con la innovación y el desarrollo, que llena la boca de los políticos refugiados con halo de misterio en el manido I+D+I, permanece en simples siglas inoperantes y de penoso recorrido por una economía tecnológicamente subdesarrollada. Poco se habló del empleo, uno de nuestros más graves problemas, que no resolverán por sí solas políticas activas sobre el papel. El empleo lo crean las empresas. La atracción de inversiones empresariales es hasta ahora una de nuestras mayores carencias, como aquí tantas veces he denunciado. Sin empresas competitivas y tecnológicamente eficaces, sin muletas clientelares protectoras, seguiremos en los últimos lugares del ránking autonómico nacional. Si a este panorama sumamos la previsible pérdida de los fondos europeos, no hay duda de que se avecina una nueva situación en la que nuestra capacidad de gestión política y económica será determinante y decisiva.