EN FEBRERO nos lamentábamos de que el Carnaval coincidiera con tiempo tan frío y desapacible, y no como en Copacabana. Ahora, en las antípodas del Antroido, vemos que el Carnaval reina también en verano, aunque revestido de historia. A la sombra de las más clásicas fiestas da Istoria de Rivadavia, los fachos y algunos desembarcos y asaltos a castillos, la afición a disfrazarse y hacer el ganso (con perdón de los que hacen pedagogía, y también de los que hacen negocio) se ha ido extendiendo por todo el mapa. Quien no tenga reparo puede lucir cuernos todo el verano saltando del desembarco de Catoira a las festas castrexas de Ambía y Celanova, la Noite Celta de Bretoña, el Oenach de Narón, la Festa da Prehistoria de Mos o colarse como enemigo en la Romanada de Lugo. Si te gusta ir de sayón, las ferias medievales se entrecruzan en Betanzos, Noia, A Coruña, Verín, Pontevedra y Mondoñedo, además de las revoluciones de Moeche y Vimianzo. Para ir más abotonados, las conmemoraciones antinapoleónicas de A Coruña y la Reconquista de Vigo. Siempre hay anacronismos, como ir en coche, por lo que no hay sitio para aparcar. En alguna de estas fiestas se cambia la moneda en vigor por maravedíes; en las demás sirve el euro, mejor dicho, los dos euros, que es lo que vale una medieval crêpe, empanadilla, bollu preñao o cualquier otra delicia para consumir de pie. Porque el pasado está divertido, pero mañana estaremos batiéndonos en la dura UE del siglo XXI.