Dejémonos de retóricas

OPINIÓN

LA PESTE no es medicina, pero la lucha contra la peste sí lo es. El terrorismo no es política, pero luchar contra el terror sí lo es. Por eso deberíamos acostumbrarnos a hablar de este problema con la misma normalidad que aplicamos a las campañas contra el sida: pidiendo buenos diagnósticos, diseñando remedios útiles, evaluando los resultados y dejando de lado a los facultativos que han demostrado su inoperancia. Estar ciegamente unidos al médico no cura ninguna enfermedad. Y una crítica hecha a tiempo puede salvar muchas vidas. Sería muy bueno que, cada vez que vamos a hablar de política antiterrorista, no tuviésemos que empezar renovando las promesas del bautismo y jurando que somos honrados, para evitar la extraña sensación de que todos somos sospechosos, o de que hay un Gran Hermano que vigila nuestro discurso y otorga credenciales sobre lo que se puede o no se puede decir. Por eso, libre de cargas y de complejos, quiero decir y digo que, si algo demuestra el atentado de Londres, es que estamos haciendo muy mal los deberes, que aplicamos tratamientos muy agresivos con pésimos resultados, y que estamos analizando el terrorismo como si fuese un agente externo -un país, un imperio del mal, una religión o un conjunto de fanáticos-, en vez de verlo como un microbio maligno que parasita nuestro cuerpo y bebe nuestra sangre. Hacer la guerra como antídoto del terrorismo es como cazar avispas con cañonazos. Y, puesto que esta imagen es una obviedad, a nadie se le oculta que estamos generando conflictos espurios que sólo sirven de caldo de cultivo para la violencia. La desunión de Europa, y la carencia de una política judicial y de seguridad común, hace imposible un mínimo nivel de eficacia en la lucha contra el terrorismo. Y, dado que esto también es obvio, cabe suponer que existen objetivos no confesados que están por encima de la defensa de los ciudadanos comunitarios. El hecho de que la UE tenga tan poco que decir ante el mar de pobreza y dictadura que la rodea es como invitar a todo el mundo a que nos envidie o nos odie, mientras Bush y Blair aplican a su modo la deleznable política del palo y la zanahoria. Frente a la necesidad de una política mundial cada vez más institucionalizada y democrática, la imagen de los políticos más poderosos del mundo reunidos en un club privado llamado G8, que dicta su ley al margen de la ONU, sólo sirve para confirmar que todo se mueve en torno a los intereses de los grandes Estados. Y por eso es tan preocupante que, metidos en tanto dolor, lo único que se le ocurre a nuestros líderes sea apuntarse a un bombardeo, negar cualquier error, y jurar que todo seguirá igual. Per saecula saeculorum .