El cóctel terrorista

INOCENCIO ARIAS

OPINIÓN

HAN QUERIDO aguarle la fiesta a Tony Blair, el líder europeo al que todo le salía bien ultimamente, y lo han hecho de forma inhumana y atroz. Calcando la barbarie de Madrid. No hay que pensar que el atentado de Londres estaba conectado con la concesión de la Olimpiada. La programación ha de ser muy anterior y está casi forzosamente relacionada con la celebración de la cumbre del G- 8 en Escocia. Los líderes de las naciones más ricas del mundo se reúnen estos días allí para tratar de temas capitales y los terroristas sabían que habría un enjambre de periodistas y televisiones en Gran Bretaña. El efecto mediático está conseguido. Es creencia generalizada que si la prensa no se hiciera eco de los atentados, éstos disminuirían. Los terroristas lo saben. La presencia de Bush, Blair, Chirac, Schröder, etcétera, en Escocia ayer, daba un jugoso plus informativo a cualquier incidente que ocurriese en estas fechas. Los terroristas perturban la reunión de los dirigentes mundiales y su acto criminal obtiene un eco multiplicado. El terror, lamentablemente, es una vez más, rentable. El atentado muestra de nuevo, como ocurrió en Atocha, que impedir por completo el flagelo terrorista es harto difícil. Se pueden abortar un número considerable de actos, reducir el impacto de otros, pero es problemático que en el futuro próximo se les pueda eliminar del todo. Veremos más. Hay un cóctel fatídico de circunstancias que lo dificulta. La primera es el avance de la tecnología que los terroristas manejan, claro. La utilización de Internet, el uso mortífero de los teléfonos móviles como en Atocha... Esto facilita la labor asesina. El segundo es la permeabilidad de las fronteras y la emigración. Sabemos, por ejemplo, que la inmensa mayoría de la población islámica asentada en Europa es pacífica y que ha emigrado, como nuestros compatriotas en el pasado, por la necesidad de ganarse la vida. Pero, durmiendo en ella, hay una minoría fanatizada, ínfima sin duda, pero suficiente para montar una operación como la de ayer. En un Londres que, paradójicamente, había sido más permisivo con los refugiados que otras naciones europeas. La tercera es la figura del suicida. El fanatismo logra encontrar un número abundante de personas, varones y jóvenes en su mayoría, con frecuencia con cultura, dispuestas a inmolarse. Les han inculcado erróneamente que Allah lo quiere y que les espera el paraíso. El granero de suicidas lamentablemente no decrece. La conjunción de las tres circunstancias es fatídica. Políticamente no hay ciertamente que ceder al chantaje terrorista. Un día golpearán por la guerra de Irak, otro por el velo en las escuelas en Francia y otro porque los occidentales somos unos arrogantes que pretendemos lograr la igualdad de las mujeres en todas las sociedades del mundo. Policialmente se imponen dos cosas, una cooperación mayor en cuestiones de seguridad entre los diversos países y un reforzamiento espectacular de los servicios de inteligencia. Sin buena información, sin una inflitración en los grupos sospechosos, no habrá suficientes detectores en las estaciones y autobuses para aguar el funesto cóctel mencionado