La desmesura mediática

OPINIÓN

LA DEMOCRACIA moderna se enfrenta a tres circunstancias que, juntas y mal administradas, constituyen un enorme problema. La facilidad que existe para los traslados y la comunicación directa de la clase política, que permite el puenteo de los mandos intermedios y las organizaciones sociales, hace imposible la confección de agendas racionales y la correcta distinción entre lo que es importante y lo que no lo es. La idea vulgarizada de que los políticos tienen que estar cerca de los ciudadanos, y conocer sus problemas, les lleva a asistir a todos los entierros, a imponer todas las medallas, a inaugurar cualquier trapallada y a asistir a los estrenos de Almodóvar. Por último, la creciente dependencia que sienten los políticos respecto de los medios de comunicación les lleva a adoptar el mismo criterio de selección que usa Rociíto: chupar cámara a costa de lo que sea, y darle más importancia al tiempo de share que se consume que a las razones por las que se comparece. La consecuencia de este potente cóctel es la banalización de la política, la falta de tiempo y serenidad para elaborar los grandes proyectos y discursos que deberían vertebrar la gobernación del Estado, y la proliferación de líderes mediáticos que acaban pinchando antes de llegar a la meta. Para colmo de males, lejos de producirse un vacío de gestión en las áreas más sensibles del Estado, lo que acaba ocurriendo es que la alta dirección de la política es ejercida por asesores y segundones que nunca responden de sus hechos, y que transmiten la sensación de que el poder real está en manos de una casta de aprovechados que habitan los suburbios de la democracia. Ejemplo de todo esto fue la exorbitante implicación de los poderes públicos en el enredo de las sedes olímpicas, que, incumpliendo la máxima de que el olimpismo constituye una actividad propia de la sociedad civil y del deporte amateur, se brindaron a un espectáculo entre mendicante y truhanesco, que llena de zozobra a quienes lo analizan con plena libertad de criterio. Más allá de lo que sucede en España, que roza el esperpento y la cursilería, causa verdadero pavor que, en medio de la mayor crisis de la UE, y de una cumbre esencial para la lucha contra la pobreza y para impulsar un desarrollo sostenible, nuestros jefes de Estado y de Gobierno se fueron a hacer de relaciones públicas ante un consejo de administración que, prevaliéndose de los impuestos que pagamos nosotros mismos, los pone de rodillas y les obliga a hacer más pasillos que un visitador médico. La democracia mediática ha entrado en el terreno de la desmesura. Y ha llegado el momento, como ya está haciendo el Papa, de volver el toro a los toriles.