EL problema de los poderosos es que resulta muy difícil explicarse con la boca llena. Y es de mala educación, que diría mi hermana. El problema del poder es que se llena los bolsillos con el trabajo de los pobres y miserables que habitan este planeta. No es que haya primer, segundo y tercer mundo. Es que hay mundo e inmundo. Hay sitios en los que resulta fácil vivir en los invernaderos de los centros comerciales con dinero de plástico y otros lugares en los que no existen ni cañerías. En unas ciudades se bañan en piscinas de oro, mientras que en otras sólo se pisan charcos de miseria. Un ejemplo es África. Mi compañero Víctor Omgbá me pasa un libro muy ilustrativo. Escriben africanos sobre el abandono de su continente. África sangra para que occidente convierta esa sangre en oro. Al africano le roban allí, los suyos, y aquí, los nuestros. Miles de africanos mueren en cada país por el sida. Mueren en las calles, sin tratamiento. Es el genocidio del sida. Es terrible, pensamos en occidente y nos vamos de compras. Cuando el mundo se vuelve así de obsceno, nadie está libre de culpa. El poder nunca lo aclarará, porque tiene la boca llena de dólares. Ahora dicen los países ricos del G-8 que van a ayudar. Ojalá. cesar.casal@lavoz.es