SUMIDA en el descorazonamiento y la tristeza, ante la contumacia con la que la dirección del PP y la jerarquía de la Iglesia católica se han posicionado contra el matrimonio de los homosexuales, intento buscar en la ironía una vía de escape para sobrellevar la situación. Por eso me pregunto, le preguntaría a ambos poderes fácticos (la derecha política y la derecha católica) cuál es la naturaleza de su maridaje: si es realmente un matrimonio con vocación de perdurar en el tiempo o si se trata, la suya, de una unión de conveniencia que podrá acogerse en su momento a las «perniciosas» ventajas del divorcio. Aunque la verdad, si rastreamos la historia de este país, está claro que ambas derechas han constituido siempre una sólida pareja que sólo atravesó una crisis fugaz en la España de la transición. En cualquier caso, lo importante, lo más grave de lo que les está pasando, tanto al PP como a la jerarquía de la Iglesia católica, no es ya que estén perdiendo elecciones, los primeros, y los fieles, los segundos, por más que eso esté a la vista. Lo peor es que los dos parecen empeñados en perder el tren de la historia, el tren de la modernidad, pero, sobre todo, el tren de la vida, que les está pasando por delante de las narices. Esta dramática situación (al menos a mí me lo parece) debería preocupar seriamente a sus respectivos responsables, debería obligarles a una profunda reflexión, pero, incomprensiblemente, no es así. Mas bien da la impresión de todo lo contrario. O sea, que el PP y la Iglesia están lo que se dice encantados de haberse conocido. Por lo que respecta a la dirección del PP, y siendo su problema de naturaleza política, no seré yo quien esté dispuesta a proporcionarles elementos y consideraciones para su debate interno, porque aquí cumple, certeramente, aquello de que cada palo tiene que aguantar su vela. Lo cual no me evita una sincera preo-cupación respecto a las consecuencias que puede tener en este país la radicalización de la derecha, una derecha que nos puede volver a gobernar un día que preveo, y deseo, lejano. Los desesperados y solitarios intentos de Josep Piqué por centrar su partido ante lo que se le avecina en Cataluña, es la voz que clama en el desierto. Pero, a lo que se ve, lo que ha sucedido en Galicia (lo de perder por los pelos) se está convirtiendo en la coartada del inmovilismo. En fin, que, como se dice en esta tierra, ¡alá eles! Lo de la Iglesia católica es, para mí, de muy distinta y mucho más grave naturaleza. Porque si, finalmente, la jerarquía obliga a la Iglesia a perder el tren de la vida, asfixiándola entre normas canónicas y moralinas sin fundamento teológico alguno, no sólo se alejará irresponsablemente del mensaje evangélico. Se alejará, ella, la jerarquía de la Iglesia católica, de la sociedad, de la misma condición humana en la que también caben los homosexuales, sencillamente porque ellos forman parte de esa humanidad. Una vez más, la Iglesia católica, su jerarquía, está renunciando a su sentido último, como es el acompañar a la gente por los duros caminos de esta vida, tan desbordados de dolor y sufrimiento, de angustias, de anhelos incumplidos, tan faltos de calor y humanidad. Pero, con todo, lo más grave no es esto. Lo tremendo es que con su desentendimiento respecto de la esencia de la condición humana, los dirigentes de la Iglesia están intentando borrar, con sañudo empecinamiento, el único rastro seguro de la esencia de la condición de Cristo: la misericordia. Me pregunto cuál sería la respuesta de la jerarquía católica si se descubriera ahora que Jesús era homosexual y que sólo la intransigencia de los sacerdotes del culto judío le impidieron santificar su matrimonio.