EL ORGULLO, sea sano o enfermizo, es la expresión social de la excepcionalidad. Nos sentimos orgullosos de un deportista que bate récords, del hijo que brilla en sus estudios, o de salvar una vida con riesgo de la nuestra. Pero no nos sentimos orgullosos de pasear por la playa de Sanxenxo, de bajar la basura al contenedor, o de aparcar el coche en doble fila. Lo común no enorgullece a nadie, y por eso hay algo de contradictorio en el amplio grupo social que celebra su plena normalidad jurídica con la fiesta del orgullo gay. La vía elegida por el Gobierno para normalizar las relaciones homosexuales, y para extender a dichas parejas todos los derechos civiles, parte de una profunda imprecisión jurídica sobre la realidad del matrimonio, que soslaya su naturaleza y oculta su finalidad esencial. Es decir, es un grave error. Y por eso nos vemos obligados a soportar una desmesurada campaña de adoctrinamiento que, haciendo uso abusivo del discurso correcto, nos impide decir y defender lo que en realidad sentimos, y lo que esperamos que siga siendo la estructura básica de nuestra sociedad. El hecho homosexual se está tratando -por el Gobierno, que no por mí- como una excepción minoritaria, o como una cesión rentable -«un grano no hace granero»- ante un colectivo que tiene gran capacidad de presión política. Pero una cosa es que las relaciones homosexuales sean jurídicamente normalizadas, y otra que la homosexualidad aparezca como un valor que se impone, con orgullo manifiesto, sobre la vulgaridad casi estigmatizante de la existencia sexuada. Y una cosa es aceptar que la vida personal es un ámbito radical de libertad, donde se puede hacer de la capa un sayo, y otra muy distinta es adaptar la realidad social al ejercicio ostentoso de esa libertad, hasta el punto de impedirnos decir y defender que el valor de la sexualidad, su característica ética y ecológica, es su dualidad esencial, complementaria y creadora. La estupidez colectiva está llegando a tal grado de irracionalidad que, en contra de toda concepción moral y democrática, estamos atribuyendo al colectivo gay ciertas características que sólo son de las personas. Y así, mientras los heterosexuales somos básicamente anodinos y egoístas, ellos son afectuosos, crían a los niños mejor que nosotros, llenan de alegría la vejez de sus padres, son fieles a su pareja y aman con pasión la música de Brahms. Pero las cosas no son así. Y por eso escribo estas líneas para consuelo de los millones de galileos que, obligados por el sistema mediático a confesar la plena identidad entre la homosexualidad y la heterosexualidad, se acuestan cada noche pisando la tierra y diciendo: « Eppur si muove ».