OPTÉ por no mirar, porque cada vez que lo hacía comprobaba con pavor que había vuelto a crecer y el susto era mayúsculo. Así que, cuando llegué a una de esas gasolineras de autopista en las que no tienes más opción que agarrar la manguera y llenar tu mismo el depósito del coche, desvié pudorosamente la vista del precio del combustible, que crece más que un candidato a la NBA. Metí el extremo de la manguera en el depósito y me limité a esperar el chasquido indicador de que la maniobra estaba a punto de terminar y podía ya quitarme el guante de plástico -todo un detalle de las empresas que se ahorran empleados a costa del cliente, pero no cobran más barato el combustible- y dirigirme a pagar. Mientras el depósito se iba llenando, mis ojos tropezaron con una montaña que parecía tener los pelos de punta. Era la silueta de un parque eólico. Pensé que prefería con pelos de punta a la montaña que a miles de camioneros que ven como sus gastos se disparan mientras sus ingresos permanecen igual. Y lo peor es que el futuro parece aun más oscuro, con países como China o la India sumándose al club de consumidores de petróleo, fuente de energía con fecha irremediable de caducidad. Ojalá pronto existan nuevos molinos de viento que ataquen menos al paisaje (¿no serían también una agresión al paisaje en su momento los molinos de La Mancha?). Mientras tanto, prefiero a los molinos que a los gigantes de la OPEP.