CANADÁ ha aprobado el matrimonio homosexual. Holanda y Bélgica fueron los primeros en hacerlo. España será el cuarto país del mundo en dar ese paso en favor de los derechos civiles. En estos países hay firmes defensores de la medida, pero también detractores. Gentes conservadoras y muy religiosas, dicen. Incluso se manifiestan, porque no quieren compartir el término matrimonio, que define a sus uniones, con el de los bujarras y las marimachos -como les llaman-, a los que están dispuestos a tolerar porque no queda más remedio, pero por los que sienten asco y miedo. Tampoco quieren que una pareja formada por dos hombres o dos mujeres, por muy estable que sea, pueda adoptar un hijo. Aseguran que los niños necesitan un padre y una madre y familias «normales». Pero ¿qué es la normalidad? Hace una década ser hijo de divorciados era llevar un estigma. Estar marcado. Ni te cuento ser madre soltera. El barrio entero te señalaba y comentaba lo ligerilla de cascos que habías salido. Aquello no era normal. Hoy, cada año se rompen en España 130.000 matrimonios normales y no pasa nada. Tras otra década también lo será que tu papá se llame Eduardo y tu mamá Federico. Entonces ya nadie se manifestará. Ni tan siquiera la Iglesia, como tampoco lo hizo contra los curas pedófilos a los que protegió el ex arzobispo de Boston, Bernard Law. El mismo que ofició una misa en El Vaticano por el papa Juan Pablo II. Ese día no vi a los obispos en la calle.