ES ASOMBROSA la resistencia que en ocasiones encuentra la realidad para abrirse paso entre una maraña de prejuicios bien asentados socialmente. Muy recientemente he podido comprobar de nuevo la precisión con que funciona ese diabólico mecanismo social. En mi relación con los numerosos analistas y periodistas que, con motivo de la reciente campaña electoral, han desembarcado en Galicia, he tenido que soportar -aunque no pasivamente, como supondrán los lectores que me conocen- la repetición ad nausean de todos los tópicos que describen a Galicia como una tierra mágica, poblada por gentes extravagantes y melancólicas con una tendencia irrefrenable a la pasividad, sin confianza en sí misma e incapaz de resistir ante la adversidad. De nada parece haber servido la heroica lucha de nuestros marineros afrontando en solitario la llegada de la marea negra, ni la impresionante respuesta cívica de la sociedad gallega ante la catástrofe. Tampoco parece relevante que la ciudadanía de nuestra «atrasada sociedad» haya otorgado 120.000 votos más a la izquierda que al PP que, no se olvide, manejaba todos los resortes del poder, disponía de 9.000 millones de euros de presupuesto, monopolizaba la RTV públicas y ostenta el 70% de las alcaldías del país. Nada de todo esto parece tener importancia. Para los insignes observadores madrileños de nuestra realidad, seguimos siendo la Galicia conservadora, cansada y resignada que, en términos lacerantes, habían dibujado Unamuno y Ortega hace aproximadamente un siglo. ¿Se imaginan ustedes lo que habrían dicho de nosotros si en Galicia se hubiese producido la chapuza antidemocrática que tuvo lugar hace dos años en la Asamblea de la próspera y moderna Comunidad de Madrid? No quiero ni pensarlo. Pero la historia no ha terminado. Permanezcan atentos a lo que se nos viene encima con motivo del voto de la diáspora. Es cierto que ese voto no tiene las mismas garantías que el que se emite en el interior del país. Yo mismo he podido comprobarlo en el año 2001 en reuniones con los cónsules de España en Buenos Aires, Salvador de Bahía o Zürich. Pero esta anomalía en nuestra democracia no es una peculiaridad gallega, sino la inevitable consecuencia del sistema electoral vigente en España que, desde luego, reclama una urgente y profunda reforma. La diferencia existente entre Galicia y el resto de las Comunidades españolas no reside, pues, en la forma en que votan los emigrantes -la misma en todo el territorio del Estado- sino en el drama -éste sí plenamente gallego- que tenemos esparcidos por el mundo. Hágase, pues, el escrutinio del voto emigrante con todo rigor y con todas las garantías procesales; pero, en ningún caso y bajo ninguna circunstancia, tiremos piedras sobre nuestro propio tejado. Desgraciadamente, en las dos últimas semanas he tenido que recordar con indeseada frecuencia la frase que hace ya muchos años pronunció el personaje de Dürrenmatt: ¡Qué tiempos estos en los que hay que luchar por lo que esevidente!