CUENTAN que Anxo Manuel Quintana fue de mozo un solvente delantero centro. Al margen de su calidad futbolística, parece el tipo de jugador con que soñaría cualquier técnico. Y es que Quin posee un plus psicológico: su moral a prueba de catástrofes. A tenor de cómo encaja los sucesivos correctivos que le va aplicando el electorado, el ariete de Allariz debía ser uno de esos futbolistas que con un 0-5 en contra se retiran al descanso rosmando que «isto acaba en prórroga» . La Era Quintana se abre en las últimas municipales. Todavía en formato dueto maestro-discípulo con Beiras, el Bloque pierde las alcaldías de Ferrol y Vigo. El siguiente test es el 14-M. El BNG, ya bajo el tándem Quintana-Rodríguez, palma un diputado en Madrid y suma sólo 208.000 votos (el techo de Beiras eran 392.000, casi el doble). Llegan las europeas: vuela el eurodiputado del BNG y caída en 196.000 votos. Referéndum de la UE: Quin pide el non ... y en Galicia el sí supera la media española. Pero el clímax lo ha alcanzado este domingo. El Bloque pierde la cuarta parte de sus diputados, deja de ser la segunda fuerza en Galicia y retrocede a sus cifras de 1993. Como es lógico, el candidato festejó estos datos con algarabía. La chosca que le infligieron las urnas lo animó incluso a sermonearnos desde las alturas sobre cómo tiene que ser Galicia. Si en vez de ser un optimista nato fuese un cenizo pesimista como nosotros, Quin podría reparar en que el BNG va en picado; que la Galicia real, tan necesitada de una fuerza propia cabal que la defienda, no conecta con posiciones míticas y setenteras; que Beiras, arrumbado de mala manera, tenía el doble de tirón (y preparación); y que el sectarismo cultural y el non a la modernidad y a la economía capitalista no enganchan a casi nadie. Pero tiene razón en una cosa: si los emigrantes no voltean la tostada, puede acabar de vicepresidente. Y entonces, nadie recordará que a día de hoy es, junto a Rajoy, el mayor especialista gallego en victorias morales (y derrotas reales).