MUCHA GENTE le aconsejó a Fraga que no se presentara: un hombre de su talla y su hoja de servicios no podía, no debía, terminar su vida política expulsado del poder por las urnas. Pero Fraga se resistió. Quizá estaba seguro de su victoria, pero, si no lo estaba, convencía a sus interlocutores con este discurso: «Si hay que perder, mejor que pierda yo que un joven que esté en plena carrera. Si hay que ganar, yo soy el único que lo puede conseguir». Fue el discurso ético que le justificaba ante su conciencia. Y llegaron las urnas y le dieron la victoria. Una victoria ajustada, en el límite mismo, al borde del infarto, con la última palabra en los emigrantes. Anoche fue cuando se echó en falta un partido bisagra al que unirse para continuar en el poder. O quizá faltaron unos días más de campaña, de discursos de Rajoy, para continuar el ascenso que las encuestas de Sondaxe venían anotando. Con ello, se obtuvo el resultado peor. Un escaño más podría certificar la continuidad de un modelo. Un escaño menos sería para Galicia un acontecimiento histórico, porque sería el cierre de 16 años de conservadurismo y la puerta de acceso a un escenario con políticos nuevos, Estatuto nuevo, revisión de lo hecho y una nueva orientación. Una conmoción que, en el mejor de los casos para la alternativa, tiene que esperar. ¿Qué ha ocurrido para que las cosas se hayan producido así, en contra de todos los vaticinios de los sondeos? Yo creo que la sentencia del recambio estaba firmada. Pero al final los ataques a Fraga, el auténtico asedio, han movilizado a sus simpatizantes, que se han negado a firmar una jubilación así. Ese factor anuló los efectos de la incorporación de jóvenes, del menor peso del censo agrario en beneficio de las ciudades, y de la movilización de los sectores anti-Fraga. En lo político, no hay que darle muchas vueltas. Las urnas, en lo que han tenido de descenso del PP, denunciaron cansancio social y ganas de probar otra cosa. Pero, en lo que han tenido de mantenimiento de las expectativas de continuidad, dejan una Galicia muy dividida: la mitad conservadora y la mitad partidaria del cambio. Touriño consigue el milagro de recuperar los mejores resultados que su partido ha conseguido en los últimos años. Y el Bloque baja, lo cual sólo tiene dos traducciones: ha sufrido los efectos del bipartidismo y no se ha beneficiado del clima de creación de un nuevo Estado autonómico. El resultado es que, al menos en apariencia, Galicia es hoy menos nacionalista que hace cuatro años. Y gobierne quien gobierne a partir de la sentencia de la emigración, tiene que saber una cosa. Si es el PP, que tiene menos autoridad. Si es la coalición, que hay media Galicia que no está con ellos.