NO ES la originalidad ni la profundidad de los mensajes lo que está distinguiendo el final de campaña de las distintas fuerzas políticas que participan en las elecciones gallegas. De hecho, es la reiteración de conceptos o de frases lo que predomina, como si el objetivo final fuese alojar una idea simple en la mente de los votantes, más allá de todo debate sobre programas. Y esto, por cierto, no es privativo de Galicia. Ocurre en casi todas las elecciones que en el mundo son, y responde a planteamientos estratégicos muy depurados. Porque en el final de la campaña es mucho más importante recordar y recalcar lo dicho que aventurarse con nuevas sugerencias o meter la pata ya sin tiempo para retirala. Lo que corresponde en estos días es subrayar aquellos lemas o sentencias que mejor han funcionado, poniendo en valor los méritos propios y las debilidades o errores ajenos. Y cumple decir que todos se han aplicado con denuedo en este sentido. Pero hay partes positivas que deben celebrarse. Thomas Macauley, célebre historiador inglés del siglo XIX, sostenía que «en todos los tiempos los ejemplares más viles de la naturaleza humana se encontraron entre los demagogos». Dos siglos antes, Bacon ya había culpado a los oradores sediciosos de perturbar la paz y la democracia al promover la agitación. Pues bien, en la campaña gallega también hubo demagogia, la inevitable, quizá la justa, pero no hubo oradores sediciosos ni ejemplares de la vileza que denunciaba Macauley. Ha sido una campaña reñida (no sucia), con sus desmesuras, pero sin enconos facciosos o turbulentos capaces de desbordar las reglas de juego. Quizá porque la victoria no parece propicia para radicales de cualquier extremo. Por ello cabría felicitarlos a todos, aún a sabiendas de que se han movido de acuerdo con sus intereses. Pero es bueno que esos intereses partidarios estén cerca de los generales. Así, en esta jornada ya casi de reflexión, en vez de criticar a unos u otros, y sin ni siquiera asomar la oreja de unas preferencias inevitables, quiero terminar convocando a los gallegos a votar. Porque esta vez hay «dónde» elegir, es decir, hay la posibilidad de que ocurra cualquier cosa... que determinen los votos. Nada menos.