SI LOS PERIÓDICOS se escribieran con un lenguaje de catadura similar al empleado en la redacción de los discursos electorales, o con un pensamiento de parecida envergadura al que los estimula y produce, o con las palabras con que alcanzan su expresión, los periodistas seríamos multitud en las cárceles, en los manicomios o en cualquier piadoso y caritativo balneario del alma. Los que quedaran en libertad irían con un sambenito por las calles, y hasta la madre que los parió tendría escrúpulos para lanzar un saludo al cruzarse con ellos. ¿Dónde habrán aprendido estos próceres a hablar? ¿Dónde a articular sus pensamientos? ¿Dónde a pensar? Del amplio circuito socio-histórico-político-ideológico que va de Fraga a Quintana, de lo que éste aspira a tener de progresista a lo que aquel tiene de conservador, no ha habido quien haya abierto la boca para medir y ordenar los pasos que van de la pasión a las palabras y de las ideas a las cosas. Aquí las ideas son como el agua de las Burgas, las cosas nadie parece saber muy bien cual es su paradero, y las palabras apenas llegan a diferenciarse del ruido del aire al circular entre uno y otro apasionado espasmo de las fauces. Mucha normativa de la lengua y mucho respeto por la cultura, pero el que atisba el mínimo resquicio para proclamar una simple barbaridad o una compleja melonada, la proclama y se queda más ancho que largo. Aquí se dice que si hay que robar, se roba, y no pasa absolutamente nada. Como tampoco ocurre nada si a alguien le da por mencionar lo que pasa en el lecho de las damas, antes y después del lecho. Olvidan que hay niños que van a los mítines y que una de las obligaciones del político es no sacarles de la idea de que sus madres son unas santas. Aquí se le tilda a uno de fascista y a otro de filoterrorista, y el personal reacciona con la misma e inmutable avilantez y regocijo que ante los programas con que las televisiones acreditan su talento para con el material de estercolero. Aquí aparece el presidente deprisa y corriendo y nos cuenta que va a dar órdenes; órdenes democráticas para lo que es debido. Un orador compulsivo más llama poco la atención, se pierde en el estruendo, se despinta en la néboa, patina en el espejismo. No hay quien se llame a incomodidad o escándalo ante semejantes estampas, quizá ya tan normales como ir a un zoo y sorprender a un mono en la más disoluta autocomplacencia. ¿Y qué otra cosa va a hacer el pobre simio tan encerrado, tan a solas y con tan sólo un juguete? Nadie duda que el hombre desciende del mono pero, por todos los cielos, la Redención se hizo para algo. Claro que puede ser que el hombre -tan hecho a adornarse con todo y cualquier cosa que le echen- sea más inalienable en tanto que hombre que en tanto que mono. Al mono le pasa lo mismo salvo que al revés. Son fenómenos que pueden resultar entretenidos, si no de utilidad crucial, a la hora de afrontar la jornada de reflexión y ponerse a ello. Así que piensen, cavilen, reflexionen y observen cómo los dedos se les van haciendo huéspedes.