Gentes del desierto

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

EN LENGUA árabe, Sahara quiere decir desierto y saharaui, el que vive en el desierto . Nunca unos vocablos definieron con mayor precisión a una tierra y a la suerte de sus moradores. Los habitantes del Sahara Occidental, aproximadamente, medio millón de almas desperdigadas en campamentos de refugiados, constituyen una de las agrupaciones más abandonadas a su suerte de la historia reciente de nuestro planeta. Desde la ocupación de su territorio por los españoles en el año 1884 hasta el día de hoy han sufrido las consecuencias de vivir en una zona golosa para los intereses económicos de los países vecinos. Con una amplia franja costera rica en bancos de pesca y una tierra generosa en fosfatos ha sido el objeto del deseo del más poderoso y ambicioso Marruecos, y de las luchas coloniales entre Francia y España, en el primer tercio del siglo XX. De 1936 a 1975, el status quo del Sahara Occidental, dependiente de España, se mantuvo en el aire pese a los esfuerzos realizados para lograr su autodeterminación, incluso, desde las Naciones Unidas. El fallecimiento de Franco y la complicada situación interna posterior en España fueron aprovechadas por el rey alauita para ocupar el territorio que estaba a punto de conseguir su independencia. Hace tres décadas que los saharauis sufren el sometimiento y la persecución magrebí. Su reducida población, su territorio rico pero poco importante desde el punto de vista estratégico y los diferentes conflictos internacionales les han restado importancia en los organismos supranacionales. El que, estos días, Marruecos haya impedido a dos delegaciones españolas salir de su avión en El Aiun evidencia que no tiene el más mínimo interés en que la causa saharaui reciba los suficientes apoyos internacionales para lograr la autodeterminación. Dados los antecedentes, somos muchos los que tememos que, pese a los recientes intentos, los grandes intereses de Estado pesarán más que la justicia histórica. Así las cosas, el temor marroquí a que la cuestión se mueva, a pesar de su política de dilación, parece tener poco fundamento.