NO CONFUNDIR el voto urbanístico con el urbano. El voto urbanístico es el que se decide por la naturaleza de la ordenación del territorio, por la gestión del suelo que califican y clasifican los planes de urbanismo, por la premura o tardanza en tramitar las licencias de edificación, por la neutralidad o clientelismo de la gestión urbanística, por la distribución en el espacio de las inversiones, por la concepción del papel que cada municipio juega en el sistema territorial gallego, etc.; en fin, por todo lo que se hace con los pies en el suelo. Un amigo historiador dice que hoy la política urbanística y territorial es el equivalente de la política agraria en las sociedades preindustriales, es decir, que lo es todo. Y que lo que no es urbanismo es mala literatura, epifenómeno de los intereses reales. La Xunta ha aprobado unas directrices de Ordenación del Territorio que están en exposición pública. Sabemos lo que propone el PP para cada zona de Galicia y las reglas de juego para las inversiones y el urbanismo. Tras la renovación del equipo de gobierno de Fraga en el 2003, fue posible que en dos años se concretara una tarea que nadie llegó a plasmar en los 22 años precedentes. Algo interesante había cambiado. Por su parte los partidos de la oposición se presentan a las elecciones con la promesa de elaborar su propio modelo territorial. De momento no lo han concretado; PSOE y BNG enarbolan la bandera del cambio pero no explicitan si será de personas o también de contenidos; o si todo se quedará en una parálisis de su acción urbanística y territorial como ocurrió en Vigo. Esa es la prueba del algodón de la hipotética coalición, saber si serán compatibles o si romperán por la designación de la Consellería de Ordenación del Territorio, del director xeral de Urbanismo, el de Carreteras, o Puertos, o el propio de Vivienda y Suelo. La crisis y el desgobierno coaligado de Vigo se debió a desacuerdos de la Gerencia del Plan de Urbanismo y la ciudad más poblada de Galicia quedó sin gobierno de progreso. El mayor interrogante que se plantean los electores que simpatizan con un cambio de gobierno es si la coalición funcionará o será una repetición del caos del período tripartito gallego de 1987-89 o del actual catalán, de la parálisis vasca, o incluso del espectáculo de la izquierda madrileña de las autonómicas del 2003. Por su parte el PP debe convencer que la renovación iniciada en el post-Prestige no ha sido agua de mayo, que los cambios internos son irreversibles. La sociedad gallega está madura y el alto nivel de indecisos se debe a que ninguna opción ha dejado claro que los programas no son para que todo siga igual, o para que incluso empeore. El voto urbanístico, implícito o explícito, será decisivo.