DIGÁMOSLO desde el mayor de los respetos y sin ánimo de molestar. Pero con toda claridad. Las víctimas del terrorismo están yendo demasiado lejos. Han adquirido un protagonismo que no les corresponde. Intervienen en las decisiones políticas y sociales de este país, como si se hubiesen constituido en partido político. Las víctimas del terrorismo, sobre todo algunas, parecen estar más interesadas en jugar a la política que en llorar su dolor. Esta tarde, víctimas de la locura terrorista, familiares, amigos, allegados, cabreados, fracasados y beneficiarios del revoltijo, van a manifestarse en Madrid contra una decisión adoptada por mayoría en el Parlamento. Y, sin duda, el acto contará con una gran asistencia, entre otros motivos, porque cada día son más los encolerizados con la política antiterrorista de Zapatero. Pero ese es uno de los problemas. Que en el paraguas de las víctimas se cobijan también quienes, sin serlo, quieren cambiar el mandato de las urnas. Por eso no han de ser las víctimas del terrorismo las que aglutinen estos movimientos de oposición callejera. Ni, por tanto, hemos de concederles, como les concedemos, la facultad de marcar nuestro devenir. Tampoco se lo otorgamos a las víctimas de la carretera, a las de la violencia de género ni a las de los errores médicos. Ni hemos escuchado a alguna de ellas comparar a Touriño y Quintana con los pistoleros y quedarse tan ancha. Aún sabiendo lo poco correcto, e incluso lo arriesgado, que pudiera resultar, hay que decirlo. Las víctimas del terrorismo tienen que tener todo nuestro apoyo, nuestro cariño y nuestro respeto. Pero lo que no debemos consentir es que se erijan en pilotos de nuestro futuro. No es ese el papel que les corresponde. Porque lo que lograrían entonces sería convertirnos a todos en víctimas de su propia tragedia.