VILAGARCÍA, hace dos semanas. Un tipo abre el paraguas y se escucha un desgarrado lamento: «Qué asco de tiempo con tanta lluvia. Y qué frío». Santiago de Compostela, ayer. Dos tipos suben las escaleras de A Quintana. Cuando me cruzo con ellos oigo como uno le dice al otro: «Menudo calor que hace, qué asco chico». A mí estas cosas me hacen pensar. Me pasa desde pequeñito. Y así cavilando se da uno cuenta de que el ser humano es rematadamente puñetero. Cuando hace frío quiere calor. Cuando hace calor quiere frío. Si es rubio quiere ser moreno. Si es moreno quiere ser rubio. El que tiene el pelo rizado suspira por una melena a lo Bernd Schuster. El que luce un pelito lacio sueña con unos rulos a lo Maradona. El alto querría ser más bajo para que no se le salgan los pies de la cama y el bajito preferiría ser más grande aunque no encontrara zapatos de su talla más que en tiendas especializadas. Vamos, un océano de contradicciones en las que todos, de una u otra forma, alguna vez nos hemos sumergido. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué somos así? Lo siento, no busque respuestas en esta columna, aunque sospecho que todo tiene mucho que ver con ese chiste que cuenta cómo Mariano, en su lecho de muerte, le pide a su mujer, Maruxa, que si muere en la aldea de arriba, le entierren en la de abajo y si muere en la de abajo, lo hagan en la de arriba. Cuando ella le pregunta que por qué, él contesta: «Por fastidiar, Maruxiña, por fastidiar». Pues va a ser por eso.