«VOLVEMOS al corazón de Europa». El presidente Rodríguez Zapatero utilizó estas palabras para inaugurar su política exterior. Una nueva relación con Francia y Alemania marcaba la diferencia con la etapa anterior, distinguida por un entusiasmo histórico por la amistad preferente con dos países anglosajones: el Reino Unido y los Estados Unidos. ¡Qué cruel resulta todo en un día como hoy! ¡Cómo las palabras se vuelven contra su autor! Después del referéndum francés, el corazón de Europa está herido, con un Schröder en sus peores momentos de gobernante, un Chirac humillado por su propio pueblo y una Unión Europea que no sabe exactamente qué hacer ante la mayor crisis política de su historia. El no de los franceses a la Constitución Europea tiene decenas de interpretaciones que los lectores conocen. Pero hay una que parece especialmente clara: Francia le ha dado una patada a Europa en el culo de Chirac. La sociedad francesa ha castigado a cuatrocientos millones de europeos por el capricho de dar un voto de castigo a sus propios gobernantes. Si eso resultó posible, es porque todavía no hay suficiente idea europea; porque los sentimientos nacionales están por encima de ese proyecto; y porque una parte de la vieja Europa no siente el menor entusiasmo por integrarse con países tan lejanos como Letonia o Turquía. Es decir, lo mismo que pensábamos muchos de nosotros ante el referéndum del 20 de febrero. ¿Y ahora qué?, nos preguntamos todos. Se supone que los responsables de Bruselas serán capaces de encontrar una solución. Pero atención: si mañana mismo Holanda se inclina también por el no , como aventuran las encuestas, hay que replantear todo el proceso: no se puede hacer una operación histórica como ésa contra el criterio de la mayoría de los ciudadanos. No creo que sea de recibo una Constitución Europea aprobada en las naciones que se conforman con la ratificación parlamentaria, y rechazada, con la excepción de España, en las consultas populares. Eso sería otorgar una Constitución de una clase, la política, enfrentada a la mayoría popular, que se mide en los referendos. Todo un conflicto nuevo. Por eso, lo más urgente ahora mismo sigue siendo esperar. Por una vez, el presidente Zapatero ha dicho lo más razonable: ver qué hacen los demás. Francia es muy importante, pero no es toda Europa. Ahora, la clave la tienen países más pequeños y menos influyentes, pero que cuentan a la hora del balance. Algunos empezamos a pensar -quizá sea el impacto del golpe francés- que a lo mejor Europa no tiene por qué ser una unidad política. A lo peor, tiene que madurar esa fruta y vivir sobre lo que hasta ahora le dio sentido: el interés económico y comercial.