ACABE como acabe el referéndum francés del próximo domingo sobre el Tratado Constitucional europeo, difícilmente se podrá decir que las campañas por el sí y por el no podrían añadir más confusión y más caos entre la ciudadanía. Un hombre tan poco europeísta en su pasado como el actual presidente, Jacques Chirac, ha sido el encargado de convencer a los franceses de que debían respaldar la Constitución europea, y lo ha hecho en un momento en el que su credibilidad se desploma. Es verdad que ha conseguido arrastrar a una buena parte de la derecha (gracias al apoyo de los veteranos seguidores de Giscard d'Estaing), pero se ha enajenado a una izquierda que quiere castigarlo como sea y que oculta así su verdadero deseo de resistirse a todo cambio. Los argumentos a favor del no son casi todos rebatibles con facilidad, pero tienen la extraordinaria virtud de que son creíbles. Así ocurre que los franceses que rechazan la Constitución creen que están rechazando la deslocalización empresarial, el liberalismo anglosajón, la entrada de Turquía en la Unión Europea y la pérdida de la identidad de Francia. Se lo dicen socialistas como Laurent Fabius, que ve una oportunidad de renacer; populistas antiglobalización como José Bové, y por supuesto ultraderechistas como Le Pen. Una buena parte de Francia, ese país que tanto impulsó la construcción europea, está dispuesta a escuchar a cualquier cantamañanas que le diga que es posible salir adelante sin hacer ningún sacrificio social, y que para ello lo mejor es que el país se repliegue sobre sí mismo, que se mantenga firme en la defensa de su statu quo social y que no se deje arrastrar por la actual utopía europeísta. En suma, un país que se niega a mirarse en el espejo y que no escucha a sus mejores cabezas, que en estos momentos son Nicolás Sarkozy en la derecha (aunque los asuste con su liberalismo) y Lionel Jospin en la izquierda, con una visión responsable y solidaria del destino de Francia. Si sumamos a Jacques Delors y a Giscard d'Estaing estaríamos ante el puñado de líderes necesarios para que gane el sí. Pero ¿es posible conseguirlo cuando tantos franceses están atemorizados por mensajeros del apocalipsis?