NO DEJA de ser poco coherente que todavía haya muchos que se lamenten por el hecho de que se nos acaben los fondos europeos y que no podamos hacer nada por remediarlo. Les resulta difícil aceptar que la gallina de los huevos de oro sea cada vez más reacia a seguir regalándonos sus dones y ello a pesar de que ya se supiera que su generosidad tenía una fecha límite. Ha llegado la hora de comenzar a andar sin el apoyo de nuestros mentores europeos y, en lugar de afrontar el reto con la excitación propia de quien tiene la oportunidad de explorar nuevos caminos, seguimos acurrucados en un rincón oscuro, temiendo enfrentarnos a los fantasmas de nuestro alrededor. No podemos objetar la legitimidad de esta decisión; son muchos los motivos que la avalan: desde la necesidad de trasvasar esos fondos a los países recién incorporados a la Unión Europea que se encuentran en una situación paupérrima hasta el agravio comparativo que sienten países como Alemania o Gran Bretaña, cuyas economías tienen que seguir adelante sin el apoyo de las inversiones millonarias en infraestructuras que hemos recibido nosotros. Tenemos derecho a quejarnos, pero lo cierto es que tras nuestras quejas se puede distinguir el peso que sigue teniendo en nuestra mentalidad, afortunadamente, cada vez más cercana a la europea, la tradición rentista que durante tantos siglos lastró el progreso de nuestro país, permitiendo la explotación irracional del trabajo y los recursos para satisfacer los deseos de una minoría privilegiada. Es mucho más cómodo esperar que nos llegue el dinero de fuera que dedicarse a pensar, planificar, trabajar y ejecutar los planes que pueden aportar la riqueza de la que se puedan detraer los mismos fondos. El objetivo de estos fondos eran darnos el primer empujón que nos permitiera ponernos en la línea de salida en las mismas condiciones que nuestros competidores. Ahora es cosa nuestra cómo hagamos la carrera: llorando y a trompicones o con energía y ambición.