La sangría interminable

OPINIÓN

LA ESCENA se repite, como gota malaya, todos los fines de semana: docenas de miles de padres se quedan angustiados en sus casas mientras sus hijos se montan en un coche para salir a divertirse. Los padres más tranquilos logran descabezar un sueñecito, pero la gran mayoría permanecen en vigilia hasta que, ya de madrugada, se oye el golpe seco de la puerta que se cierra y los ruidos tranquilizadores que indican que hemos vuelto a librarnos otra vez y que, ¡al fin!, ya están en casa los chavales. Aunque, desdichadamente, ni siempre, ni para todos es así. Pues, de pronto, ocurre que, en lugar del ruido de las llaves, una noche se oye el timbre del teléfono, por el que entra en casa, como una tromba, la desgracia. Alguien -quizá un amigo que ha tenido mejor suerte, quizá los responsables de un centro hospitalario- confirma entonces a los padres el mal presagio que, en cuestión de segundos, se habían formado mirándose aterrados: en efecto, ha habido un accidente y el fallecido es el hijo que habían despedido hace seis o siete horas... no sin antes repetirle todas las advertencias de rigor: cuidado con los coches, ojo con la velocidad, que no beba quien vaya a conducir. Pero, una vez más, todos esos sabios consejos no han conseguido evitar el infortunio. Y así, como en una macabra lotería, o, peor, como en una ruleta rusa que se impone a los jugadores a la fuerza, la fatalidad se distribuye, semana tras semana, y con una cadencia desastrosa, entre millones de chavales que han salido simplemente a divertirse, pero que pueden encontrarse, de repente, con la muerte. Acaba de ocurrir en Ponteceso y volverá a ocurrir, antes o después, en cualquier punto de nuestra geografía. ¿Es inevitable? No debería serlo. No, no deberíamos aceptar, sin reberlarnos contra esa inercia brutal de nuestras carreteras, que no hay nada que hacer más que cruzar los dedos esperando tener suerte, y aceptar con resignación que la vida se desgració cuando acaba tocándote la china. No dudo, desde luego, que los responsables de la política de tráfico hacen lo que pueden, aunque todos deberíamos exigir que se haga más para acabar con esta sangría insoportable. Pero también la sociedad debe asumir, sin dimisión, su inmensa responsabilidad en el asunto: la escuela, desde luego, donde es ya más imperioso enseñar desde pequeños a los niños que los coches son magníficos, pero extremadamente peligrosos, que enseñarles geografía; pero también todos los sectores vinculados a la producción y venta de automóviles, que deben contribuir a romper con una cultura nefasta en la que el coche es siempre una máquina de placer y nunca una máquina de riesgo.