A VECES, la cara lo dice todo. Tony Blair obtuvo su tercera victoria consecutiva en las elecciones parlamentarias (algo que no había logrado nunca el laborismo británico), pero su rostro, tras conocerse los resultados, paradójicamente acogía una sonrisa desencantada. El dolor por el cariño popular perdido no le ha dejado saborear su relevantísima victoria. Y es que estamos ante un político atípico, y también ante un laborista atípico. En realidad, estamos ante un líder que siempre estuvo seguro de que ser fiel a sus convicciones (y ha demostrado tener muchas) era el mejor camino para ser un político duradero, sólido y querido. Y con seguridad aún seguiría siendo así de no habérsele cruzado la guerra de Irak, que erosionó claramente su crédito político. Tony Blair esperaba una victoria mayor. Sabía del descontento sembrado por la guerra emprendida por Bush y secundada por él, pero también manejaba otros datos de política interior (particularmente económicos) que remaban a favor y le permitían un optimismo razonable. No iban a ganar los conservadores, ni el repunte de los liberal-demócratas iba a ser tan contundente como para descoyuntar el marco de los resultados previstos. Pero la guerra de Irak no era sólo un dato en contra. Era una cuestión que le había granjeado enemigos enconados, acérrimos, de esos que no vuelven al redil de la concordia, sino que ya se han apuntado a la teoría del relevo del jefe. Ellos son los que afirman que la victoria ha sido magnífica, pero que los tiempos de Blair han terminado. Los mismos que ya ven al ministro Gordon Brown en el 10 de Downing Street. «He escuchado y he aprendido», dijo Tony Blair. Pero lo que ha escuchado y ha aprendido no le ha gustado. Ha escuchado a unos votantes que le hacían reproches y ha aprendido que la cuestión iraquí «ha dividido este país». ¿Qué hará en consecuencia? Todo depende de qué se convenza ahora. Porque de lo que él se convenza intentará convencer a los británicos. Y lo hará con la tenacidad de siempre. Pero, a juzgar por su expresión, esta vez puede tener el convencimiento de que debe irse. ¿Cuándo? En el momento oportuno que ese mismo convencimiento se lo señale. Tampoco antes.