QUIENES adelantan unas elecciones tienen entre sus objetivos favorecer sus intereses, comprometiendo en ello sus propias percepciones de nuestra realidad (la de los electores), y las consejas de sus oráculos y científicos sociales. Desde la defensa de esos intereses, y quizá de los que consideran que son los nuestros, definen estrategias, discursos, mensajes y aquellos objetivos que más adecuados consideran para obtener un resultado electoral que les permita continuar en el ejercicio del poder. Obvio es que quien da primero da dos veces, pero puede que también se vea condicionado en su estrategia por una inadecuada percepción de la realidad. Comprendo que de tanto insistir se acaba por aceptar como real lo que apenas es un impreciso sueño. Así, se comprende que en un mundo simbólico se haya generado un informe plan como conjura de todos los padecimientos y soledades que la mala gestión propia y una subordinada percepción de la realidad, sometida al abandono de un gobierno amigo, hayan podido provocar. Comprende también uno que en ese humano y desmedido afán por permanecer se siga -durante un año- usando ese retórico plan Galicia de ida y vuelta, como un tocar madera para ocultar el agotamiento de dieciséis años de gobierno, en los que el triunfo más aparente es mantenernos ¿indefinidamente? como región objetivo uno de la UE. Podía intuirse que lanzados a la acción electoral nada nos iba a librar de astracanadas sin cuento, pero nunca me hubiera imaginado que, mientras un vicepresidente -en un lapsus linguae - anuncia su obligación de seguir luchando por Galicia hasta el último momento, un presidente -ya en funciones- se permitiría anunciarnos el desiderátum de una Supergalicia. Aplazando al tiempo su consecución para que coincida con mi hipotético ochenta cumpleaños. Las cosas no se percibían bien encaminadas con el lema electoral de precampaña de los populares, conjuro inexplicable de Nunca Máis . Tuve entonces la certeza de que los dioses empezaban a confundir a tan acertadas cabezas. La Supergalicia del 2025 confirma en todos sus extremos que ese Más que reclaman a la ciudadanía para mantenerse en el gobierno, es ya excesivo. Más es mucho. Si en ello coincidieramos la mayoría de los ciudadanos. Que está por ver.