LA DECISIÓN del Partido Popular de presentar una vez más a Fraga como candidato a la Presidencia de la Xunta es, además de una insensatez, el reconocimiento explícito de un fracaso histórico. No de otra forma puede calificarse el hecho de que un partido, después de quince años de gobierno, sea incapaz de generar líderes solventes dispuestos a sustituir con garantías a un hombre de 82 años políticamente amortizado. Por eso cuando faltan 45 días para las elecciones no está muy claro si el PP desarrolla una campaña electoral o está empeñado en realizar la cuadratura del círculo. Se trata de unas elecciones autonómicas, pero el PP pretende transformarlas en un escrutinio sobre la gestión del Gobierno central; presenta a Fraga, pero pide el voto a los ciudadanos para reforzar a Mariano Rajoy; mantiene al veterano vilalbés como máximo dirigente, pero insinúa una inminente renovación. Semejantes incongruencias proyectan la imagen de un partido sin brújula ni estrategia, y son la inevitable consecuencia de una apuesta profundamente errónea. Sotto voce esta realidad es reconocida por numerosos dirigentes populares que, sin embargo, no han movido un dedo para evitar que Fraga se saliese con la suya. ¿Por qué? Pues simple y llanamente porque en el PP conviven todavía, aunque no sé por cuanto tiempo, dos sectores irreconciliablemente enfrentados a la espera del momento oportuno para alzarse con el santo y la limosna. Unos -Rajoy y sus seguidores- no han querido asumir el precio de la renovación antes de las elecciones, otros -Cuíña, Baltar y los suyos- porque la continuidad del actual presidente les proporciona el tiempo que necesitan para preparar la madre de todas las batallas. Así las cosas, mucho me temo que el 19-J no tengamos más remedio que optar entre dos grandes coaliciones. Una, la formada por socialistas y nacionalistas; otra, la configurada por boinas y birretes. A la primera de ellas se le objetará, no sin razón, que antecedentes como el frustrado gobierno de coalición en Vigo no son precisamente estimulantes, o que no es lo mismo gobernar conjuntamente algunos concellos que hacerlo en una institución que, como la Xunta de Galicia, tiene importantes competencias y un presupuesto de más de 9.000 millones de euros; algo que, sin duda, demanda una coherencia política que el PSdeG y el Bloque no han demostrado suficientemente. Pero a la vista de los acontecimientos, ¿se atrevería alguien siquiera a pensar que sería más eficaz y estable una Xunta sostenida por boinas y birretes, convertida desde el primer día de su nuevo mandato en el escenario de las eternas disputas sucesorias en el seno del PP? Ustedes dirán.