LOS FRANCESES dominan como nadie el arte y la ciencia de ser franceses, actividad que, fundamentalmente, consiste en hacer las cosas como si fueran importantísimas para los demás. Y a veces lo son, a expensas de los propios franceses. Richelieu se inventó una teoría y razón de Estado para fortalecer Francia y hacerse con Europa. Bismarck le copió la idea para inventarse Alemania y dividir Europa. Napoleón condujo a un ejército revolucionario, patriótico e imperial hasta Moscú, de donde regresó hecho unos zorros. Hoy, los franceses se inquietan ante la perspectiva de Turquía en la panorámica europea. De Gaulle decidió la autonomía nuclear francesa y dejó a la OTAN sujetándose los calzoncillos con los dientes. En 1954, tras el abandono de Indochina, la Asamblea Nacional rechazó el proyecto de Comunidad Europea de Defensa y se quedó más tranquila que una hamaca. Hoy, los franceses nos hacen luz de gas con la posibilidad de un rechazo a la Constitución europea, como si acabaran de descubrir lo que llevan medio siglo entre manos. Son curiosos los franceses y su vocación de ser Penélope y también la tela que la mujer de Ulises tejía durante el día y destejía al iniciarse la noche. A los franceses les gusta ser Prometeo, el hígado de Prometeo y el águila que llega todas las mañanas para devorárselo. Eso que ahora estudian con ciertas ganas de darle un no cuya posibilidad pone a todos de los nervios, es un invento francés desde la cruz a la raya. La Unión Europea cuenta a Robert Schuman y a Jean Monet entre sus fundadores. La Comisión europea no ha tenido un presidente de tanto prestigio como el que adornó a Jacques Delors. El tratado para la Constitución Europea al que pueden darle un corte de mangas fue redactado por un expresidente francés, Valéry Giscard d'Estaign, hombre con algunos episodios más que turbios en su biografía, con la cabeza bien puesta aunque mal ventilada, culto y arrogante, pulcro y displicente, perfectamente idóneo para preparar una Constitución muy parecida a la obra de un filósofo tan europeo como Wittgenstein, en el sentido de que todos citamos a Wittgenstein porque dijo cosas muy importantes, pero ninguno decimos donde radica exactamente esa importancia. Los franceses votarán el 29 de mayo. Dos días antes lo hará el parlamento alemán para dar un sí a la Constitución y una dosis de ánimo a la campaña francesa a favor de lo mismo. Pero tres días después tendrá lugar el referéndum holandés, bajo los malos augurios que definiría un no de Francia. Todos los efectos y consecuencias de lo que voten los franceses son importantes para los demás. Tan importantes como para que los franceses no retiren la mirada del espejo en que se miran y ven a Jacques Chirac, del que están, al parecer, hasta el rabo de la boina. La derecha-derecha lo tiene tan enfilado como la izquierda-izquierda. Y entre tan afilada beligerancia sólo obtiene resignadas simpatías entre esa derecha y esa izquierda que prefieren el centro a la incomodidad de una bipolarización extrema. Chirac no le gusta a nadie salvo a quienes piensan que podría verse desplazado por alguien que le hiciera bueno. De eso dependen las hojas de esta margarita.