La foto

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

04 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

QUÉ IMPORTA lo que nos muestre la fotografía si sabemos que no se corresponde con la realidad. Qué más nos da que el arquitecto nos enseñe un cartel con la fachada de nuestra casa lustrosa y sólida si sabemos que está destartalada y que ya se ha venido al suelo en dos ocasiones. Qué importa lo que nos muestren las fotos, los carteles y los cromos cuando conocemos la realidad. Porque no siempre las fotografías coinciden con la verdad. Depende de dónde y cómo se hagan y de cuánto queramos retocarlas. Sin ir más lejos, las imágenes tratan de decirnos que los iraquíes son felices cuando ayer mismo decenas de ellos dejaron sus vidas en un atentado. También si nos fiásemos de la foto diríamos que las relaciones entre las señoras Aguirre y Fernández de la Vega son fraternales, a juzgar con las amplias sonrisas y cariñosos saludos. Pero no es verdad. Lo que nos dice que no siempre podemos fiarnos de lo que nos enseñan las fotos. Históricamente ha sido así. Los estudiosos recuerdan que los fotógrafos tenían orden de sacar a doña Carmen Polo con sonrisa permanente. La labor no era sencilla, como no lo era la de retocarle los párpados a su marido. Los fotógrafos italianos estaban obligados a potenciar el mentón del Duce. Y los soviéticos, más rotundos ellos, procedían directamente a borrar a Trotsky de la tribuna que compartía con Stalin. Por eso no es novedoso que con los adelantos que tenemos, las fotos no siempre se ajusten a la realidad. Para tratar de despistarnos. Como cuando nos presentan a una Marujita Díaz restaurada y diciéndonos que está más joven que nunca y que a ella no le atacan las arrugas. Es la necia lucha contra la biología. De ahí que cada vez que la escuchamos nos venga a la memoria aquélla máxima de Víctor Hugo: «Produce una tristeza enorme pensar que la naturaleza habla, mientras el género humano no quiere escuchar».