SEGÚN unas estadísticas, probablemente exageradas, los españoles consumimos 2.900 millones de rollos de papel higiénico al año. Si cada rollo tiene una media de 25 servicios, se puede deducir que el inodoro o sucedáneos se utiliza 625.000 millones de veces entre uvas y uvas. Conclusión: los españoles tenemos un alto nivel fecal. Un dato elocuente que, sin embargo, un pudor hipócrita de la sociedad esconde como si se tratara de un estigma. Una docena de catedráticos han hablado en Huelva sobre la cultura(¿) y la historia de la mierda -dato curioso: mi ordenador me subraya la palabra como incorrecta- sin inhibiciones, ante un público estudiantil tan propenso a la temática por aquello del cachondeo y de la indudable curiosidad... Curiosidad escatológica. Hemos elegido el consumo del papel higiénico como pretexto de este comentario porque, una vez más, el papel contribuye decisivamente a la evolución social, desde su condición más noble como soporte de la palabra, hasta su condición escatológica, menos noble pero necesaria, que todo el mundo conoce y usa con asidua frecuencia, como demuestran los datos (ojalá el papel impreso tuviera parecida aceptación). Puede parecer frívolo e incluso de mal gusto glosar en estos renglones el degradante destino del papel higiénico. Pero es justo y necesario reconocer el gran servicio que presta al personal en trance tan comprometido de total indefensión ante los elementos. En los últimos 25 años, el ritual de la defecación ha evolucionado del corral o del agujero en una tabla sobre el pozo negro, al inodoro, y de aquellos cuartillos de papel de periódico rasposo, colgados de un gancho en los retretes, al papel higiénico de suave contacto, incluso perfumado, que acaricia el sensible orificio de salida. El cuarto de baño es hoy día la pieza más lujosa de las nuevas casas y el confort de las mismas se mide por su número. En este aspecto, la sociedad ha evolucionado en línea vertical. Contaba uno de los profesores en el seminario de Huelva que la duquesa de Orleans se lamentaba ante una amiga de la falta de excusados en el lujosísimo palacio de Fontainebleau y confesaba que estaba obligada a aguantarse las ganas hasta la noche para evitar que todo el mundo la viera con el culo -palabra también subrayada por mi censor informático- al aire. Volvamos al papel higiénico, cuyo nombre comercial es un sugerente título, digno de ser utilizado como un soporte reivindicativo y ético, que denuncia la basura de una parte de esa sociedad que no sólo defeca por abajo. La higiene social no sólo se mantiene en los cuartos de baño de diseño, con mármoles y grifería de oro. La higiene es un concepto metafísico, que cuida de la limpieza integral y especialmente de la mental , que es la que peor huele en determinados ambientes. En estos tiempos de tanta cagarruta política y mediática -ambas en comandita- el papel higiénico, en su acepción ética, debería ser el árbitro de la decencia y el soporte imprescindible de esta sociedad que hemos dado llamar democrática. Cuando un político en el poder utiliza la mierda como adjetivo es que no ha sabido utilizar correctamente el papel higiénico y la cagada se le escapa por la boca. Algo de eso le pasó a la ministra de Fomento, doña Magdalena Alvarez, cuando recalificó al Plan Galicia como el Plan de la mierda . Posiblemente, ese día no utilizó el inodoro ni consultó el oráculo de su papel higiénico; tenía estreñimiento.