UN VIEJO profesor que tuve afirmaba que había dos clases de antiamericanismo: uno bueno y otro malo. El bueno consistía en rechazar la invasión de modelos y estereotipos que nos llegaban del otro lado del Atlántico y que iban desde ideologías infantiloides, casi subnormales, hasta bebidas de renombre internacional, pero peores que las nuestras. El malo, por el contrario, consistía en resignarse a permanecer siempre detrás de EE.UU. (en lo económico, en lo político) con tal de no parecerse a ellos, cuando lo que habría que hacer es competir y «echarles un buen pulso». Recordé su reflexión hace unos días, después de que el presidente Bush hubiese nombrado a varios de sus halcones al frente del Banco Mundial o de la diplomacia estadounidense ante la ONU. Desde Europa no surgieron más que agudos comentarios contra el multilateralismo que Bush predicó en su última visita a la UE y que parecía claramente desmentido por esos nombramientos. Una percepción suficiente para alimentar y reforzar la suspicacia antiamericanista que tanto arraigo tiene entre nosotros. Sin embargo, los análisis, con ser certeros en buena parte, no resultan completos. Los nombramientos y actitudes de Bush previsiblemente no pretenden sólo apuntalar el unilateralismo, porque para este viaje no necesitaba alforjas: ya lo hizo en su primera legislatura. Por el contrario, lo que parece querer es transformar las instituciones internacionales para ahormarlas a la realidad (sobre todo a la suya) y, por esta vía, convertirlas en más activas y eficaces (porque realmente no lo son). Para lograrlo, ha movido las piezas sin el menor reparo. Y Europa ha observado con desconfianza crítica los movimientos, pero se ha quedado quieta, como tantas otras veces. Porque para la UE todas las instituciones internacionales parecen estar bien. ¿O es que alguien conoce la propuesta europea para mejorar -o empeorar- la ONU, la UNESCO, el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, la OTAN?... Mi profesor tenía razón: el antiamericanismo malo es el que sólo aspira a situarnos detrás de los estadounidenses para poder criticarlos mejor. El bueno consistiría en tomar la iniciativa y adelantarlos.